Calle
Martín se detiene de pronto en mitad de la avenida. Son las cinco cuarenta y cinco de la tarde. En ese instante, a pesar de ser en muchos sentidos idéntico a los miles de personas que están saliendo de sus trabajos con la prisa normal por regresar a sus casas o llegar al bar o al banco antes de que lo cierren, Martín se convierte en un simple objeto, un obstáculo para los demás peatones y para los conductores que empiezan a desesperarse porque hace veinte segundos cambió el semáforo a verde y Martín sigue allí quieto, convertido en maceta o en columna o pared.
¿Qué hace un hombre parado en el centro de una avenida, soportando empujones, insultos, el ruido ensordecedor de las bocinas y los motores y los gritos, oponiéndose ridículamente al flujo natural del tiempo?
Súbitamente Martín reanuda su camino como si nada hubiese ocurrido. Mientras camina, cada vez más rápido, sus labios dibujan lentamente un gesto: la insinuación de una sonrisa o quizá el preámbulo de alguna locura. Los autos siguen su curso y las personas corren y el ruido es el mismo de siempre, todo se mueve al unísono en una danza incomprensible y eficaz. Martín desaparece entre el gentío.
Habitación
Mientras escribo estas líneas, Martín está en el cuarto contiguo. Sospecho que me mira a través de una rendija. Seguramente se pregunta qué mentiras estoy diciendo ahora.
–Martín, digo que me estás mirando.
Reflexión
¿Cómo definiría a Martín? Si solo pudiese elegir una palabra, ¿cuál sería?
Martín es un lector.
Cuando lee, sus ojos enmascaran el texto, que generalmente se somete dócilmente. El texto sabe que cada lector lee otro texto en el mismo texto; lo que no sabe es que las máscaras de Martín son tan minuciosas que amenazan con ocultar para siempre el texto ante sí mismo...
Se plantea una pregunta similar al respecto de Alicia. Siempre le pareció voluble, como si arrastrara una infinidad de rostros y ánimos que a Martín primero le fascinaba y luego... Le daba envidia, tal vez... O tal vez no era realmente caprichosa sino tan solo un reflejo del propio Martín, que desde entonces se esforzaba, aunque sin asumirlo claramente, por ver a diario las mismas cosas con otros ojos.
[Tus máscaras no tienen agujeros para que podás ver, Martín, más bien son los lentes que te cubren los ojos.]
Casi está convencido de esta posibilidad. Recuerda que su tía XYZ, con quien se crió después de la muerte abrupta de sus padres cuando tenía 7 años, se lo decía a menudo, acaso sin entender ella misma sus implicaciones: “Martín, qué te pasa hoy, estás muy raro...”
Y hoy fue mañana y luego ya había sido ayer.
A los veinte también murió su tía XYZ y Martín quedó solo en el mundo; aquí “solo” quiere decir “sin familia de sangre”.
¿Es que todas las personas actúan de una forma cuando están con ciertas personas, pero de otra forma cuando están con otras personas?
Martín lo cree. Y cree que la mayoría de personas no se da cuenta de este fenómeno prácticamente “natural” y finge, más bien, tener una identidad infranqueable, firme, fija en el tiempo a pesar de que el tiempo no para nunca, ni los cambios que entraña el tiempo.
Ese fingimiento, es cierto, permite que la vida sea posible socialmente; pero entonces la sociedad se basa en el autoengaño individual y sostenido de todos sus miembros.
¿La realidad de las colectividades emerge de un conjunto de actores patológicos que ni siquiera son capaces de saber que actúan a diario tratando de acomodarse a los contextos, de satisfacer a fulano o a mengano o a sí mismos, dependiendo del ánimo del día?
Martín no es feliz con estos pensamientos; pero asume que el pensamiento no es el arte de ser feliz sino de sobrellevar la incertidumbre intrínseca que vino con su advenimiento al mundo. El advenimiento del tipo humano, nosotros, “nosotros”.
Si alguna entidad extraña al mundo le preguntara, por ejemplo, a Alicia, cómo es Martín, Alicia muy probablemente diría que Martín es un ángel, que a la vez es tierno y apasionado; que es inteligente y viril.
Y si la misma entidad extraña al mundo le preguntara, por ejemplo, a Raquel, ella diría que Martín es más bien alelado, reprimido sexualmente, tímido, casi pusilánime.
Cuando Martín estuvo en una relación con Alicia, antes, mucho antes de que ella formalizara su interminable pero ocasional reciprocidad con Daniel, y de que Martín empezar sus recientes “rondas nocturnas”, él fue ciertamente cariñoso con ella, siempre, a diario, y también era ardoroso en su intimidad. Alicia se había prendido de él. Martín también de ella y la pasaban bien, como una pareja promedio de adolescentes tardíos, veinteañeros.
Pero también es cierto que Martín conoció a Raquel en una época en la que vivía decaído, enfermizo e inseguro. Quiso estar con ella por dos razones: 1) cuando la conoció le pareció muy guapa; y 2) creía que tenía que estar con alguien para salir del bajonazo emocional en el que estaba. Las dos cosas resultaron falsas. La primera era más o menos una ilusión relacionada con la segunda: vista con cuidado y tomando en consideración los factores menos visibles, pero no invisibles (esos que solo se ven al acercarse realmente a otro...), Raquel no llegaba siquiera a guapa, sin el “muy”. Y justo en el momento en que ella decidió que quería acostarse con Martín, él decidió que no quería acostarse con ella; pero no se lo dijo, claro, no fuera a pensar que era poco hombre. Pero tampoco lo hizo, por lo cual ella pensó precisamente lo que él no quería que pensara.
La entidad ajena al mundo sabría que tanto Alicia como Raquel dicen la verdad y que no hay contradicción. Martín también lo sabe. Pero ni Alicia ni Raquel ni nadie más podría comprenderlo de esa manera, sencillamente porque las personas acostumbran juzgar a las otras personas según la imagen que en algún momento construyeron de ellas –como si fuesen seres detenidos en el tiempo, bustos en un museo, tal vez carcomidos y añejados, pero siempre los mismos– y extrapolan alguna característica, de la cual tienen conocimiento de primera mano, a su “identidad” total.
Como Martín fue cariñoso y viril con Alicia, ella afirma con convicción que Martín es cariñoso y viril. Como él, en cambio, fue temeroso e indeciso con Raquel, ella afirma sin vacilación que Martín es medio tonto y reprimido. Martín sabe que él no es ni una cosa ni la otra, pero que al mismo es las dos cosas a la vez y muchas otras.
La diferencia de Martín con otras personas es que disfruta pensando en estos entresijos y turbulencias y darles rienda suelta. Por eso ahora anda abocado a experimentar con más versiones de sí mismo. Quiere investigar si hay un límite. Quiere encontrarse de pronto con alguien de quien pueda decir, sin lugar a dudas, este, este soy yo, este se mantiene constante a través de todas mis versiones.
O bien: este seré yo.
Por supuesto, ya ha anticipado que esa disyuntiva lo confunde todo, pues una cosa es encontrarse con sí mismo como con alguien que ya hubiéramos cargado desde siempre, una especie de amigo secreto que nos hubiese habitado sin saberlo, fiel e incógnito... Y otra cosa muy distinta es que no existiese semejante “amigo” y solo pudiese habitar el mundo la persona o personalidad que uno (pero ¿quién?, entonces) fuese construyendo con el paso tambaleante de los días y las cosas.
O bien uno es algo que nació siéndolo, o uno es algo que se forma a partir de todas las relaciones que vamos tejiendo a lo largo de la vida. ¿O es que somos, cada uno, las dos cosas, una extraña mezcla de destino y voluntad?
Algo es seguro: últimamente Martín no se esfuerza por mantener constante la identidad que los otros esperan de él. Ya no vive en función de los demás, ya no necesita que los demás formen e informen y reformen a diario su identidad, que lo sostengan en la existencia, refrescando ante sí mismo su rostro, sus costumbres, sus ideas y sus opiniones.
Ahora, si él piensa un día tal cosa, la dice, a pesar de saber que contradice lo que pensaba ayer. Sus amigos se extrañan, empiezan a criticarlo y a distanciarse de él. Martín empieza a pensar que si uno quiere la lealtad incondicional de la gente, primero uno debe ser incondicionalmente uno consigo mismo, pues de otro modo la gente huirá, presa de la confusión, como si por delante no tuvieran a su amigo de siempre sino a un extraño, y peor aún: a un extraño diferente todos los días.
Curiosamente, en su nueva soledad, Martín ha descubierto que si él es “fiel” a sí mismo y mantiene a diario una identidad fija, una personalidad identificable, los otros, sus amigos, lo querrán y estarán a su lado; pero que, en cambio, si él es “infiel” a sí mismo, es decir, a su identidad, y cambia según sus impulsos y sus días, los otros, sus amigos, lo abandonarán.
En realidad, en el primer caso Martín estaría siendo fiel a sus amigos, pero no a sí mismo (ser fiel a sí mismo entrañaría seguirse a sí mismo, es decir, seguir sus intuiciones a pesar de que impliquen cambios tajantes en sus opiniones o preferencias). En el segundo caso, al ser infiel a sus amigos, estaría siendo fiel a sí mismo. Martín se pregunta si es que todos deben elegir entre uno mismo y los demás.
Por ahora, Martín solo tiene preguntas, y la vida por delante.
Martín, decía, es un lector, y al meterse en cada libro se viste consecuentemente con la historia que lee, se juega la piel y actúa su papel, se esfuerza por creerlo todo, para ver qué pasa. A veces cambia su mirada y su modo de hablar. A veces se aburre. A veces llora. ¡Martín es un actor! Y Martín se pregunta si no lo seremos todos...
Es tan tarde que casi amanece. Afuera ya cantan los pericos y al fondo se empieza a oír el runrún motorizado de la ciudad. Martín ha leído durante toda la noche. Cierra el libro, se quita lentamente los anteojos, apaga la luz y decide soñar que un día será él quien hará los libros en lugar de simplemente padecerlos.
[1996]
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9.10.09
30.7.09
ser es ser percibido
El obispo Berkeley no podía tener idea de cómo serían las cosas a fines del milenio; menos aún de que su sentencia cumbre, “ser es ser percibido”, sería una máxima común, aunque a veces tácita.
Es cierto que todos necesitamos que otras personas nos “sostengan”; y que cuando estamos solos tendemos a dispersarnos, a dejar de ser uno: en la soledad, la ilusión de unidad se rompe y las diferentes voces que nos pueblan convierten los días en carnavales funestos. La unidad solo se recompone cuando las miradas de los otros vuelven a juntarse en uno, que entonces vuelve a ser uno mismo.
Martín: “Solo soy muchos; con otros soy yo, uno, uno mismo. Ser solo uno es una pobreza innecesaria.”
O bien: “Solo, podría ser quien quisiera y no importaría, podría ser una persona distinta cada día. Con los mismos amigos de siempre debo permanecer idéntico a mí mismo, pues sino no me reconocerían o les dejaría de gustar. Los otros son mi identidad; pero tener una identidad me aburre.”
Martín sabe que las personas, para existir, necesitan que otros las perciban y reconstruyan a diario lo que han sido. Específicamente, necesitan que otros oigan todo lo que tienen que decir, aunque sean babosadas; necesitan que otros vean la nueva ropa que visten, que huelan el nuevo perfume comprado ayer por una fortuna, que les den a diario esos abrazos hipócritas, inerciales, que los toquen como si de verdad les tuvieran cariño. Las personas, comúnmente, necesitan la percepción de los otros para sentirse alguien y creer que de verdad existen y que sus vidas tienen sentido: ser ese, este precisamente, ser X para los otros.
Al contrario, cuando están solas, sus egos se desvanecen en sus propias narices y lloran y tiemblan desconsoladas y maldicen al mundo. Ese llanto significa: “¿dónde están los otros para hacerme ser tal o cual? Solo no soy nada, ni siquiera existo para mí. Solo, no me reconozco.” Y empiezan a verse obsesivamente en los espejos y a hablar solos, como si de esa manera pudieran multiplicarse a sí mismas y ser a la vez uno y otros, el que percibe y el percibido.
¿Berkeley era un solitario?
Clara, por ejemplo. Su personalidad parece ser un producto directo de los elogios de sus amigas, de los discursos de su madre neurótica, de la persecución implacable de los hombres.
Es una mujer joven, de veintidós o veintitrés años. Estudia alguna ingeniería. Es extrovertida, simpática, está siempre totalmente a la moda y no sacrifica por nada sus fines de semana de juerga. Es hermosa, podría ser modelo, una Heidi Klum latinizada, y ella lo sabe y su vida, queriéndolo o no, ha llegado a girar en torno de su belleza. Desde muy pequeña, su padre (que se marchó, por cierto), y sus tíos y los amigos, todos... Se ha acostumbrado tanto a los piropos y a las miradas que cuando está sola por más de veinte minutos empieza a entrar en estado de pánico. En la soledad, pierde su “yo”. Es como si su yo residiera no en ella misma sino en los demás. Su personalidad existe en función de las miradas de los demás. Las percepciones de los otros son el estímulo o el alimento de su frágil consistencia: sin ellas su cuerpo se deshace, vibra como gelatina hasta que se derrumba en la cama.
Para Berkeley, todavía queda Dios cuando ya no hay nadie (humano) que nos perciba. Y Dios lo percibe todo y, gracias a Él, todo conserva su existencia, incluso los humanos, aunque viviéramos en la más inconcebible soledad.
Pero Clara no es creyente. Dios no puede salvarla de su ingravidez cuando no hay otras personas percibiéndola, haciéndola quien debe ser. Ella es literalmente para los otros, y ese es su máximo egoísmo, pues no es que se dé a los otros, sino que toma de ellos todo para ser, para que su yo se conserve lozano.
Los buenos creyentes hacen todo pensando que Dios los ve. Dios es el gran Otro que guía sus vidas, como a Clara sus amigos y pretendientes, con la diferencia de que en este caso las personas no tienen el poder omnisciente y omnipresente de Dios, ni su “bondad”, claro, y deben estar presentes para que la magia tenga efecto. Y, por supuesto, la magia es todavía más eficaz cuando se tienen atractivos físicos de otro mundo. Por eso Clara, cuando cumplió dieciocho, de regalo no les pidió a sus padres un auto, como la mayoría de sus amigos, sino un viaje a Venezuela durante las vacaciones: una redefinición de la nariz y un aumento de busto la dejarían entrar solemne y preparada a la adultez universitaria. (Obviamente nacer en cuna de oro no garantiza que el escote vaya a ser abundante, como todo lo demás.) Clara había sufrido esa carencia como una condena metafísica y física, grave y gravísima.
Es la época, las presiones de hoy día, hay que entenderla, cada época tiene sus presiones específicas para los adolescentes y quienes empiezan a vivir o a tratar de vivir por su cuenta. Clara no es para nada una arpía. Tampoco es tonta, solo es hija de su tiempo y se toma en serio su contexto: cumple su función en el orden del mundo.
A Martín le ha fascinado Clara desde el colegio. Pero sufre noche y día. Para él, Clara es el epítome de toda belleza posible, su cuerpo condensa los atributos armónicos y simétricos del atractivo femenino. Para Martín, Clara es un triunfo evolutivo. Y así como Clara necesita de los otros para mantenerse en su identidad, Martín necesita de Clara y solo de Clara para sentirse él, también, realizado y dueño de sí: para que la imagen del que sueña ser coincida con la realidad.
A diferencia de Clara, a Martín no le importa la soledad; es más, la disfruta y por eso la busca; y la usa para soñar que Clara es suya y solo suya. Martín tiene en común con Clara que tampoco él necesita de Dios. A Martín le parece obsceno que Dios pueda verlo y oírlo y estar siempre allí, por ejemplo cuando se masturba imaginándose con Clara, ¡qué clase de Dios tiene que estar metido en todo!
[Esto habría que mostrarlo al principio de la novela. O justo antes de que M. empezara a vivir sus fantasías: ser varios y no uno; es decir, antes de que empezara a enmascararse y a cambiar de personalidad noche a noche.]
Martín, en sí mismo, será un circo o carnaval...
¿Pero M. empieza a enmascararse por no tener a otros (amigos) ante quienes mantenerse idéntico? ¿O por haber elegido la soledad? Es decir, ¿M. es víctima de su contexto o más bien dueño de sí al elegir voluntariamente perderse de sí?
M. quiere saber si B. estaba equivocado, quiere quedarse completamente solo para ver si su existencia se mantiene o se desvanece...
Sin embargo, no consigue estar solo por mucho tiempo: él mismo llega a ser muchos. Su soledad se convierte en una multitud anónima, en la unidad de un nombre y múltiples personalidades. Cada día, cada noche, M. es otro y actúa como otro.
[Posible título de la novela: “Tantas máscaras, Martín”.]
A Martín, en el colegio, Clara lo rechazó, y varias veces. Martín es feo, es así de simple. Martín ensaya máscaras (personas) tratando de hallar una que le sea atractiva a Clara (a pesar de su apariencia física). Luego empieza a ensayarlas de verdad, no en la intimidad de su habitación sino en el mundo, en los bares, en la noche.
¿Martín y Clara podrían llegar a amarse?
[1996]
Es cierto que todos necesitamos que otras personas nos “sostengan”; y que cuando estamos solos tendemos a dispersarnos, a dejar de ser uno: en la soledad, la ilusión de unidad se rompe y las diferentes voces que nos pueblan convierten los días en carnavales funestos. La unidad solo se recompone cuando las miradas de los otros vuelven a juntarse en uno, que entonces vuelve a ser uno mismo.
Martín: “Solo soy muchos; con otros soy yo, uno, uno mismo. Ser solo uno es una pobreza innecesaria.”
O bien: “Solo, podría ser quien quisiera y no importaría, podría ser una persona distinta cada día. Con los mismos amigos de siempre debo permanecer idéntico a mí mismo, pues sino no me reconocerían o les dejaría de gustar. Los otros son mi identidad; pero tener una identidad me aburre.”
Martín sabe que las personas, para existir, necesitan que otros las perciban y reconstruyan a diario lo que han sido. Específicamente, necesitan que otros oigan todo lo que tienen que decir, aunque sean babosadas; necesitan que otros vean la nueva ropa que visten, que huelan el nuevo perfume comprado ayer por una fortuna, que les den a diario esos abrazos hipócritas, inerciales, que los toquen como si de verdad les tuvieran cariño. Las personas, comúnmente, necesitan la percepción de los otros para sentirse alguien y creer que de verdad existen y que sus vidas tienen sentido: ser ese, este precisamente, ser X para los otros.
Al contrario, cuando están solas, sus egos se desvanecen en sus propias narices y lloran y tiemblan desconsoladas y maldicen al mundo. Ese llanto significa: “¿dónde están los otros para hacerme ser tal o cual? Solo no soy nada, ni siquiera existo para mí. Solo, no me reconozco.” Y empiezan a verse obsesivamente en los espejos y a hablar solos, como si de esa manera pudieran multiplicarse a sí mismas y ser a la vez uno y otros, el que percibe y el percibido.
¿Berkeley era un solitario?
Clara, por ejemplo. Su personalidad parece ser un producto directo de los elogios de sus amigas, de los discursos de su madre neurótica, de la persecución implacable de los hombres.
Es una mujer joven, de veintidós o veintitrés años. Estudia alguna ingeniería. Es extrovertida, simpática, está siempre totalmente a la moda y no sacrifica por nada sus fines de semana de juerga. Es hermosa, podría ser modelo, una Heidi Klum latinizada, y ella lo sabe y su vida, queriéndolo o no, ha llegado a girar en torno de su belleza. Desde muy pequeña, su padre (que se marchó, por cierto), y sus tíos y los amigos, todos... Se ha acostumbrado tanto a los piropos y a las miradas que cuando está sola por más de veinte minutos empieza a entrar en estado de pánico. En la soledad, pierde su “yo”. Es como si su yo residiera no en ella misma sino en los demás. Su personalidad existe en función de las miradas de los demás. Las percepciones de los otros son el estímulo o el alimento de su frágil consistencia: sin ellas su cuerpo se deshace, vibra como gelatina hasta que se derrumba en la cama.
Para Berkeley, todavía queda Dios cuando ya no hay nadie (humano) que nos perciba. Y Dios lo percibe todo y, gracias a Él, todo conserva su existencia, incluso los humanos, aunque viviéramos en la más inconcebible soledad.
Pero Clara no es creyente. Dios no puede salvarla de su ingravidez cuando no hay otras personas percibiéndola, haciéndola quien debe ser. Ella es literalmente para los otros, y ese es su máximo egoísmo, pues no es que se dé a los otros, sino que toma de ellos todo para ser, para que su yo se conserve lozano.
Los buenos creyentes hacen todo pensando que Dios los ve. Dios es el gran Otro que guía sus vidas, como a Clara sus amigos y pretendientes, con la diferencia de que en este caso las personas no tienen el poder omnisciente y omnipresente de Dios, ni su “bondad”, claro, y deben estar presentes para que la magia tenga efecto. Y, por supuesto, la magia es todavía más eficaz cuando se tienen atractivos físicos de otro mundo. Por eso Clara, cuando cumplió dieciocho, de regalo no les pidió a sus padres un auto, como la mayoría de sus amigos, sino un viaje a Venezuela durante las vacaciones: una redefinición de la nariz y un aumento de busto la dejarían entrar solemne y preparada a la adultez universitaria. (Obviamente nacer en cuna de oro no garantiza que el escote vaya a ser abundante, como todo lo demás.) Clara había sufrido esa carencia como una condena metafísica y física, grave y gravísima.
Es la época, las presiones de hoy día, hay que entenderla, cada época tiene sus presiones específicas para los adolescentes y quienes empiezan a vivir o a tratar de vivir por su cuenta. Clara no es para nada una arpía. Tampoco es tonta, solo es hija de su tiempo y se toma en serio su contexto: cumple su función en el orden del mundo.
A Martín le ha fascinado Clara desde el colegio. Pero sufre noche y día. Para él, Clara es el epítome de toda belleza posible, su cuerpo condensa los atributos armónicos y simétricos del atractivo femenino. Para Martín, Clara es un triunfo evolutivo. Y así como Clara necesita de los otros para mantenerse en su identidad, Martín necesita de Clara y solo de Clara para sentirse él, también, realizado y dueño de sí: para que la imagen del que sueña ser coincida con la realidad.
A diferencia de Clara, a Martín no le importa la soledad; es más, la disfruta y por eso la busca; y la usa para soñar que Clara es suya y solo suya. Martín tiene en común con Clara que tampoco él necesita de Dios. A Martín le parece obsceno que Dios pueda verlo y oírlo y estar siempre allí, por ejemplo cuando se masturba imaginándose con Clara, ¡qué clase de Dios tiene que estar metido en todo!
[Esto habría que mostrarlo al principio de la novela. O justo antes de que M. empezara a vivir sus fantasías: ser varios y no uno; es decir, antes de que empezara a enmascararse y a cambiar de personalidad noche a noche.]
Martín, en sí mismo, será un circo o carnaval...
¿Pero M. empieza a enmascararse por no tener a otros (amigos) ante quienes mantenerse idéntico? ¿O por haber elegido la soledad? Es decir, ¿M. es víctima de su contexto o más bien dueño de sí al elegir voluntariamente perderse de sí?
M. quiere saber si B. estaba equivocado, quiere quedarse completamente solo para ver si su existencia se mantiene o se desvanece...
Sin embargo, no consigue estar solo por mucho tiempo: él mismo llega a ser muchos. Su soledad se convierte en una multitud anónima, en la unidad de un nombre y múltiples personalidades. Cada día, cada noche, M. es otro y actúa como otro.
[Posible título de la novela: “Tantas máscaras, Martín”.]
A Martín, en el colegio, Clara lo rechazó, y varias veces. Martín es feo, es así de simple. Martín ensaya máscaras (personas) tratando de hallar una que le sea atractiva a Clara (a pesar de su apariencia física). Luego empieza a ensayarlas de verdad, no en la intimidad de su habitación sino en el mundo, en los bares, en la noche.
¿Martín y Clara podrían llegar a amarse?
[1996]
asuntos:
CAZ1996II_IV,
Martín y Clara,
máscaras,
percepcion,
personalidad,
soledad
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