Estoy en clase. Somos cuatro alumnos. El tema empezó aburrido, pero al rato el profe lo mejora: “la filosofía es una locura que no resuelve nada, con ella no se hace uno más hombre ni más feliz.” Habla de Wittgenstein.
Los ventanales del aula 163 me permiten ver directamente el balcón donde esta ella. Miro al profe, finjo que pongo atención, asiento, sonrío, pienso ligeramente en el Wittgenstein de los Diarios y sé que el profe hace un esfuerzo por hacerlo interesante; más aún, sé que es interesante, me gusta el misticismo del austriaco, sus arrebatos a la vez tan filosóficos y contrafilosóficos, “solo es feliz quien no necesita preguntarse por el sentido de la vida”, o pensar a “dios” como un problema lingüístico, o proponer que nada de lo más importante cabe en palabras, ni siquiera en palabras filosóficas, que más bien terminan por enredarlo todo.
Cada vez que puedo, vuelvo a mirar hacia el balcón y ella sigue ahí y también me mira. Sonrie. Me sonríe.
¿Por qué estoy con otra sin haber intentado siquiera estar con ella? Ahora, también ella está con otro.
Me pregunto cómo es ella; en el amanecer, por ejemplo, recién despierta, ¿gemirá y retozará con pereza o será de esas personas siempre energéticas que se levantan como un resorte súbitamente liberado? ¿Cómo serán sus pausas al hacer el amor? ¿Qué pensará del “sentido de la vida”? ¿Se lo preguntará o será que ya lo vive?
Somos tan pocos en el aula que no puedo divagar a mis anchas sin que el profesor lo advierta; oscilo entre la mirada lógica y diminuta del profe a la mirada fija y abismal de la chica en el balcón, esa mujer con la que he soñado muchas veces, despierto, hasta onanista, como Wittgenstein... Siento que entre el profesor y ella hay una brecha infranqueable, un puente, una escalera prácticamente infinita.
Su rostro perfilado, duro, su cabello tan corto, marrón, casi masculino, y sus pómulos salientes y sus labios gruesos como gajos de mandarina...
El profe hablaba de los diarios filosóficos de Ludwig W. pero ahora vuelve al Tractatus.
Yo solo pienso en cómo subir esta escalera, cómo llegar al final y dejarla ir sin retorno, porque solo dejaría ir una escalera quien estuviera seguro de que ya nunca más la necesitará... ¿No? ¿O se trata más bien de dejarla ir sin contar con ninguna certeza? Al final de la escalera estaría con ella, allí a su lado en el balcón, quizá mirando también, como hace ella ahora, a otros alumnos y a otro profesor o el mismo y sabría, quizá sabría con certeza que todo se trataba de eso: ese momento a su lado...
Pero sé que nunca veremos juntos el amanecer. Hoy, en el balcón, su sonrisa me hace feliz.
[1997]
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2.9.09
6.8.09
sobre al abismo o el mar
Vemos a una persona aferrada a una letra cualquiera. La letra flota sobre el vaivén de un mar interminable o planea sobre un abismo. Esta persona consigue sostenerse a duras penas; se aferra con los dedos como garfios, a veces muerde, o rasga su letra con las uñas. Sabe que, de soltarse, caería en el abismo o se hundiría en el mar. Pero al mismo tiempo sabe que, si se mantiene apegada a la letra, se convertirá en uno de esos bustos de parque que se empolvan y oxidan sin que nadie les preste atención.
Inesperadamente, aparece en las cercanías otra persona aferrada a otra letra. Su expresión es de desesperada resignación. Como la primera, se sujeta a duras penas a su letra. Tampoco quiere soltarse y tampoco quiere convertirse en estatua. Se miran. Esperan a que el azar del viento o de las olas acerque sus letras. Esperan. Finalmente, cuando creen estar suficientemente cerca, mientras se sostienen con una sola mano sobre el abismo o el mar extienden la otra y se tocan con los dedos. Sí: son reales. Se dan la mano, entrecruzan los dedos. No dejan de mirarse. No se dicen nada. Dejan ir simultáneamente sus respectivas letras, que se mantienen flotando o planeando como si tal cosa y ellas, tomadas de la mano, caen al abismo o se hunden en el mar.
Antes, por la cercanía, no sabía, cada una, a cuál letra estaba aferrada. Tras un buen tramo de caída o hundimiento miran las letras a los lejos y ven que forman una palabra. Y que hay más letras a su alrededor.
Suponían que la caída o el hundimiento serían pasajeros y que el suelo o el fondo los salvaría de una caída interminable o los mataría y todo acabaría.
Pero la caída o el hundimiento no parecen tener fin y, sin referencia, da igual caer que estar de pie o quieto. Da igual arriba o abajo. Él o ella o nadie y nadie. Uno y dos, dos personas.
Lentamente descubren que se pueden mover y guiar, de algún modo, su rumbo, y que pueden acercarse y alejarse y soltarse y volver a tomarse de las manos.
Están a punto de aprender a hablarse.
[1996]
Inesperadamente, aparece en las cercanías otra persona aferrada a otra letra. Su expresión es de desesperada resignación. Como la primera, se sujeta a duras penas a su letra. Tampoco quiere soltarse y tampoco quiere convertirse en estatua. Se miran. Esperan a que el azar del viento o de las olas acerque sus letras. Esperan. Finalmente, cuando creen estar suficientemente cerca, mientras se sostienen con una sola mano sobre el abismo o el mar extienden la otra y se tocan con los dedos. Sí: son reales. Se dan la mano, entrecruzan los dedos. No dejan de mirarse. No se dicen nada. Dejan ir simultáneamente sus respectivas letras, que se mantienen flotando o planeando como si tal cosa y ellas, tomadas de la mano, caen al abismo o se hunden en el mar.
Antes, por la cercanía, no sabía, cada una, a cuál letra estaba aferrada. Tras un buen tramo de caída o hundimiento miran las letras a los lejos y ven que forman una palabra. Y que hay más letras a su alrededor.
Suponían que la caída o el hundimiento serían pasajeros y que el suelo o el fondo los salvaría de una caída interminable o los mataría y todo acabaría.
Pero la caída o el hundimiento no parecen tener fin y, sin referencia, da igual caer que estar de pie o quieto. Da igual arriba o abajo. Él o ella o nadie y nadie. Uno y dos, dos personas.
Lentamente descubren que se pueden mover y guiar, de algún modo, su rumbo, y que pueden acercarse y alejarse y soltarse y volver a tomarse de las manos.
Están a punto de aprender a hablarse.
[1996]
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