Daniel se detiene de pronto, como paralizado por una revelación o un fantasma y fija los ojos en cualquier parte, en el aire, y dice:
–La ciudad entera se desvanecería si te entregaras a mí por completo.
Alicia no entiende, intenta no encogerse de hombros y mira fastidiada hacia un lado. No tiene idea qué significa para Daniel “entregarse por completo”. Alicia piensa y sabe que D. es inteligente, lector, etc., pero esas inclinaciones sensibleras en las que cae a veces empiezan a hacerse significativas. Al principio le daban gracia, o la tentaban a la ternura, una ternura desconocida para ella; pero ahora parecen convertirse en una exigencia y la gracia empieza a transmutarse en drama. Alicia odia los dramas. Se lo pregunta, de todos modos, y Daniel responde:
–Entregarse por completo es hacer precisamente que la ciudad entera desaparezca. Es darle la mano a alguien y caminar por la ciudad, como estamos haciendo ahora, aquí, en medio de una avenida cualquiera o un parque o lo que sea y que de pronto todo desaparezca, la calle, los carros, las demás personas. Y seguir caminando.
Alicia no responde. Daniel la mira, esperando una respuesta, y sonríe con una expresión algo tonta, indecisa. Daniel no insiste y siguen caminando.
Pero otra parte de Alicia prácticamente depende de Daniel, y ella lo sabe aunque le cueste aceptarlo o comprenderlo. No lo deja porque no puede o cree que no puede. A pesar de que a veces la detesta, ella necesita esa ternura que le ofrece Daniel. A veces también se detesta a sí misma por necesitarla o por no poder aceptarse a sí misma como una persona a quien la hicieran feliz ese tipo de muestras de afecto.
Y ese constante sentirse fuera de lugar. Como si Daniel fuera un paréntesis entre ella misma y ella misma. Y al mismo tiempo sentir que lo quiere. Necesitarlo. Pensar que es un necio, no pensar en él, y llamarlo porque quiere oír su voz y sus necedades.
Siguen caminando en silencio, tomados de la mano. Alicia se cansa y retira la mano y finge buscar algo en su bolso. Luego siente frío y ella misma le devuelve la mano.
Solo una araña sabría soltarse de su propia tela.
[1995]
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14.8.09
más natural que el océano y las galaxias
La primera vez que habló con A. sintió que la conocía desde siempre. Como si se hubieran saltado todo ese tiempo de tanteos y esos procesos de cálculo normales cuando empieza una relación. Ellos empezaron la relación como si ya la tuvieran. Y a Daniel, esto, más que cualquier otra cosa –esas cosas tan comunes: su ojos, sus labios– lo llevó a enloquecer por ella y eventualmente a perderse en ella.
Dos o tres días después de haberse conocido fueron a la playa. D. lo apostó todo, la llamó por teléfono para invitarla, al día siguiente iba con un amigo a pasar el día surfeando. Bueno, su amigo surfeaba, Daniel no, pero siempre que podía lo acompañaba para echarse a hacer nada mientras escuchaba el ronroneo del mar. Pensó que era temerario, agresivo, tras solo dos o tres días de conocerla... ¿Vamos a la playa mañana? Sí. Ni un segundo de indecisión. Sí. Ni siquiera pregunto adónde, a qué hora, cómo. Sí.
Mientras caminaban por la playa –era un día lluvioso, frío y deslucido y para Daniel era el esplendor de la vida–, Alicia lo abrazó con una naturalidad inhumana, una confianza de décadas, una incongruencia bienvenida. La deseaba como no había deseado nunca. Siempre había soñado la posibilidad de una relación sin etiquetas, sin normas previas, tácitas, brutal y limpia: sin cálculos. Y tenía Alicia frente a él que lo veía y le decía sin decirlo precisamente eso y Daniel oponía cierta resistencia: ¿pero esto es cierto? ¿O lo imagino todo?
Era cierto. Ella no estaba interesada en esperar semanas o meses. La espera y los protocolos son ridículos cuando la evidencia es... pues evidente. La confianza no necesitó crecer con los días porque nació crecida y madura. Los dos se entregaron desde el punto de partida, D. dejó ir su resistencia inicial y se sintió dichoso. A veces las cosas comúnmente complejas se hacen simples en un tris.
Se metieron al mar. Las olas eran de dos o tres metros. Daniel no surfeaba, su amigo surfeaba, su amigo estaba en el mar y los miraba, a veces, y ellos lo saludaban y le gritaban cosas pero él no escuchaba nada, para él se trataba de eso, de no escuchar nada, solo el agua creciendo bajo sus piernas como un grito; y Daniel disfrutaba mirándolo pero hoy solo miraba a Alicia.
Se tomaron de la mano y de los brazos y las olas los empujaban y se besaron entre la espuma mientras él la sujetaba porque ella ya no tocaba el suelo, y ella lo abrazó con sus piernas, se sujetó de su cintura para no hundirse en el vaivén y se quedaron un rato así, peleando con las olas y los besos y ella lo abrazaba del cuello con los brazos y de la cintura con las piernas y lo miraba y no parecía sentir ningún temor. Daniel tampoco. El mar solo era un testigo. Era como si ella dijera: “me siento segura con vos”. No lo decía, claro, no decían nada. Y él: “yo también”.
Las olas, la lluvia, el cielo: nada de eso era natural, eran sombras o artificios, imágenes sin peso, humos, aires, sueños de una máquina enferma, ir y venir, ir y venir... En ese nimio paréntesis de lucidez solo su abrazo describía una naturalidad siempre anhelada, sin forma ni concepto pero anhelada, y ahora viva.
Y luego llovió más y Daniel se preguntó cómo esa niña aparentemente ensimismada se las arreglaba para ser más natural que el océano y las galaxias y que sus propios sueños. Nunca había conocido a ninguna persona que fuera tan palmariamente “sí misma”. Que con una mirada dijera: “esto que ves, esto soy yo”.
Pero las historias comienzan a veces por el final. Y las relaciones, al parecer, también: ellos empezaron su relación así, como si la hubieran tenido desde hacía tiempo, pero luego muy lentamente se dedicaron a deshacerla, a desconocerse hasta hacerse extraños, como si algo inaprensible los hubiera obligado a recorrer al revés un camino que al principio no permitía anticipar un final.
[1995]
Dos o tres días después de haberse conocido fueron a la playa. D. lo apostó todo, la llamó por teléfono para invitarla, al día siguiente iba con un amigo a pasar el día surfeando. Bueno, su amigo surfeaba, Daniel no, pero siempre que podía lo acompañaba para echarse a hacer nada mientras escuchaba el ronroneo del mar. Pensó que era temerario, agresivo, tras solo dos o tres días de conocerla... ¿Vamos a la playa mañana? Sí. Ni un segundo de indecisión. Sí. Ni siquiera pregunto adónde, a qué hora, cómo. Sí.
Mientras caminaban por la playa –era un día lluvioso, frío y deslucido y para Daniel era el esplendor de la vida–, Alicia lo abrazó con una naturalidad inhumana, una confianza de décadas, una incongruencia bienvenida. La deseaba como no había deseado nunca. Siempre había soñado la posibilidad de una relación sin etiquetas, sin normas previas, tácitas, brutal y limpia: sin cálculos. Y tenía Alicia frente a él que lo veía y le decía sin decirlo precisamente eso y Daniel oponía cierta resistencia: ¿pero esto es cierto? ¿O lo imagino todo?
Era cierto. Ella no estaba interesada en esperar semanas o meses. La espera y los protocolos son ridículos cuando la evidencia es... pues evidente. La confianza no necesitó crecer con los días porque nació crecida y madura. Los dos se entregaron desde el punto de partida, D. dejó ir su resistencia inicial y se sintió dichoso. A veces las cosas comúnmente complejas se hacen simples en un tris.
Se metieron al mar. Las olas eran de dos o tres metros. Daniel no surfeaba, su amigo surfeaba, su amigo estaba en el mar y los miraba, a veces, y ellos lo saludaban y le gritaban cosas pero él no escuchaba nada, para él se trataba de eso, de no escuchar nada, solo el agua creciendo bajo sus piernas como un grito; y Daniel disfrutaba mirándolo pero hoy solo miraba a Alicia.
Se tomaron de la mano y de los brazos y las olas los empujaban y se besaron entre la espuma mientras él la sujetaba porque ella ya no tocaba el suelo, y ella lo abrazó con sus piernas, se sujetó de su cintura para no hundirse en el vaivén y se quedaron un rato así, peleando con las olas y los besos y ella lo abrazaba del cuello con los brazos y de la cintura con las piernas y lo miraba y no parecía sentir ningún temor. Daniel tampoco. El mar solo era un testigo. Era como si ella dijera: “me siento segura con vos”. No lo decía, claro, no decían nada. Y él: “yo también”.
Las olas, la lluvia, el cielo: nada de eso era natural, eran sombras o artificios, imágenes sin peso, humos, aires, sueños de una máquina enferma, ir y venir, ir y venir... En ese nimio paréntesis de lucidez solo su abrazo describía una naturalidad siempre anhelada, sin forma ni concepto pero anhelada, y ahora viva.
Y luego llovió más y Daniel se preguntó cómo esa niña aparentemente ensimismada se las arreglaba para ser más natural que el océano y las galaxias y que sus propios sueños. Nunca había conocido a ninguna persona que fuera tan palmariamente “sí misma”. Que con una mirada dijera: “esto que ves, esto soy yo”.
Pero las historias comienzan a veces por el final. Y las relaciones, al parecer, también: ellos empezaron su relación así, como si la hubieran tenido desde hacía tiempo, pero luego muy lentamente se dedicaron a deshacerla, a desconocerse hasta hacerse extraños, como si algo inaprensible los hubiera obligado a recorrer al revés un camino que al principio no permitía anticipar un final.
[1995]
27.7.09
la satisfacción de la venganza
El pasado es una cola cuyo largo depende de las consecuencias y ramificaciones de nuestros actos. Las “malas” acciones generalmente la hacen engordar, aunque no necesariamente alargarse, solo hincharse alrededor de un mismo punto tumoroso, y más cuando está involucrado algún arrepentimiento, una culpa, una decepción. Y el pasado pesa menos y es más fácil de olvidar cuando hemos sido “buenos”. Valga decir: uso “bueno” y “malo” en el sentido más popular posible, sin preocuparme por cuestiones morales, teológicas, filosóficas o sociológicas. Como cuando se dice que alguien es bueno porque ayuda a los demás sin pedir nada a cambio; o que es “malo” porque no coopera en nada ni con su madre. Como si “bueno” y “malo” fueran palabras que recogiesen la alegría o la tristeza que les hemos provocado a otros y a nosotros mismos. Y asumo que mientras más tengamos de lo primero más liviano será el tiempo muerto –cuando la amenaza es tener que pensar en el pasado de uno mismo: lo que hemos hecho–, y que mientras más acumulemos de lo segundo más pesados nos sentiremos en el presente, como si, en efecto, el pasado fuera una cola pesadísima que debiéramos arrastrar a todas partes.
Ya sé que esto es una fábula o un simple deseo y no una realidad, pues hay, lo sabemos y experimentamos todos, algunos seres capaces de todo el mal del mundo y que, pese a ello, caminan campantes por las avenidas veraniegas sonriéndoles a todos y en las tardes llevan a sus niñitos al parque y les compran un helado...
A veces no hay manera de cambiar lo que hemos hecho. Algunas consecuencias de algunos actos se quedan grabadas en el tiempo o avanzan con él, como esa luz de estrellas lejanísimas que llega a nuestros observatorios miles de miles de años después de haberse originado, cuando, tal vez, la estrella misma ya no existe. Mientras alguien recuerde lo que hemos hecho, el acto seguirá existiendo y teniendo peso y afectando el presente. En cambio, sí es posible no repetir aquellas acciones que luego nos han parecido maléficas o simplemente irresponsables; esta ausencia de repetición es la manera humana de ganarle al avance inexorable del tiempo y de aligerar el fardo que toda vida va acumulado como pasado. Es como si cada aprendizaje entrañara la pérdida de algunos kilos de esa bolsa de tiempo que hemos ido llenando de malignidades.
Alicia empezó a llorar sin dejar de mirar el aire, el frío o la tarde. Daniel bajó la cabeza. Luego la abrazó. No podía evitarlo: ella le había hecho daño, sí, y mucho, pero ahora D. comprendía que tal vez se había hecho más daño a sí misma. Daniel sintió al mismo tiempo la satisfacción de la venganza –te lo merecés, puta– y la compasión por el ser amado –cómo te ayudo, cómo, te quiero, te quiero–.
[1995]
Ya sé que esto es una fábula o un simple deseo y no una realidad, pues hay, lo sabemos y experimentamos todos, algunos seres capaces de todo el mal del mundo y que, pese a ello, caminan campantes por las avenidas veraniegas sonriéndoles a todos y en las tardes llevan a sus niñitos al parque y les compran un helado...
A veces no hay manera de cambiar lo que hemos hecho. Algunas consecuencias de algunos actos se quedan grabadas en el tiempo o avanzan con él, como esa luz de estrellas lejanísimas que llega a nuestros observatorios miles de miles de años después de haberse originado, cuando, tal vez, la estrella misma ya no existe. Mientras alguien recuerde lo que hemos hecho, el acto seguirá existiendo y teniendo peso y afectando el presente. En cambio, sí es posible no repetir aquellas acciones que luego nos han parecido maléficas o simplemente irresponsables; esta ausencia de repetición es la manera humana de ganarle al avance inexorable del tiempo y de aligerar el fardo que toda vida va acumulado como pasado. Es como si cada aprendizaje entrañara la pérdida de algunos kilos de esa bolsa de tiempo que hemos ido llenando de malignidades.
Alicia empezó a llorar sin dejar de mirar el aire, el frío o la tarde. Daniel bajó la cabeza. Luego la abrazó. No podía evitarlo: ella le había hecho daño, sí, y mucho, pero ahora D. comprendía que tal vez se había hecho más daño a sí misma. Daniel sintió al mismo tiempo la satisfacción de la venganza –te lo merecés, puta– y la compasión por el ser amado –cómo te ayudo, cómo, te quiero, te quiero–.
[1995]
asuntos:
bueno y malo,
CAZ1995V_VI,
Daniel y Alicia,
pasado,
tiempo,
venganza
17.7.09
simplemente algo contra algo
–Lo ideal sería amar al mismo tiempo como niño, como joven, como adulto y como viejo. Digo, a la vez y a la misma persona –dijo Daniel–.
Alicia apartó su mirada del rostro de Daniel y la dirigió a ninguna parte: al aire, al cielo.
–Sí –concordó, tras unos momentos–, pero yo no puedo siquiera amar como joven. O no puedo amar del todo –hizo otra pausa, miró al suelo, Daniel no dejaba de mirarla, parecía fijado en el tiempo, como un busto marmóreo, o una mancha en la pared que uno olvidara y recordara a diario al volver a mirarla–. ¿Estaré enferma? Es que no puedo.
Lo que más intrigaba a D. era el verbo, “poder”. Su connotación, cuando lo usaba A., casi siempre venía cargada de predestinación; como si su vida fuera llevada por un misterioso viento o unas manos intangibles que se divirtieran empujándola, como si ella no fuera más que una pluma –o un globo de fiesta manoteado por niños juguetones– que no sabía por qué iba donde iba. Y no es que fuera abúlica. Siempre hacía cosas y tomaba decisiones. Pero al instante ponía todo en duda y se cuestionaba todo lo que emprendía y se preguntaba si tendría algún padecimiento.
–¿Por qué siempre que decís “no puedo” yo siento que estás hablando del destino y no de tu voluntad?
–No sé, Daniel, ya sé que me vas a preguntar esas cosas, me las preguntás todos los días y todos los días te digo lo mismo, no sé, es como si hubiera algo... algo fuera de mí que me lo impide.
A veces hacía cosas con mucha seguridad y al día siguiente se arrepentía de haberlas hecho. A veces les hacía daño a otros, y no tanto por lo que hacía o dejaba de hacer sino por los arrepentimientos del día siguiente, porque tras un día o dos todo lo que pensaba parecía ser diferente a lo que pensaba antes y entonces ni ella misma sentía que se conocía y menos iban a comprenderla o aceptarla los demás.
¿O tal vez no se atrevía? ¿Es que el destino es simplemente la excusa para no ejercitar la voluntad? ¿Una ignorancia calculada? Porque tras toda la complejidad había siempre un plano de calma y sencillez en el cual, en las noches, cuando el mundo entero callaba, ella reposaba angelicalmente: entregar la voluntad o esconderse tras su volubilidad facilitaba muchas cosas, la gente no decía “maldita Alicia”, sino “pobre Alicia”. Y casi siempre la dejaban en paz sin odios ni rencores, incluso, en el mejor de los casos, con cierta ternura.
O bien su vida era una lucha a muerte: ella contra ella. O ellas. O contra, simplemente algo contra algo. Una lucha cruel, a veces, en esas noches en las que el plano de calma se desvanecía como cuando, en un avión que parece quieto entre un mar de nubes uniformes, de pronto desaparecen las nubes y entendemos y percibimos a qué altura viajamos, y que la máquina se mueve y podría caer a pesar de su aparente apacibilidad.
[1995]
Alicia apartó su mirada del rostro de Daniel y la dirigió a ninguna parte: al aire, al cielo.
–Sí –concordó, tras unos momentos–, pero yo no puedo siquiera amar como joven. O no puedo amar del todo –hizo otra pausa, miró al suelo, Daniel no dejaba de mirarla, parecía fijado en el tiempo, como un busto marmóreo, o una mancha en la pared que uno olvidara y recordara a diario al volver a mirarla–. ¿Estaré enferma? Es que no puedo.
Lo que más intrigaba a D. era el verbo, “poder”. Su connotación, cuando lo usaba A., casi siempre venía cargada de predestinación; como si su vida fuera llevada por un misterioso viento o unas manos intangibles que se divirtieran empujándola, como si ella no fuera más que una pluma –o un globo de fiesta manoteado por niños juguetones– que no sabía por qué iba donde iba. Y no es que fuera abúlica. Siempre hacía cosas y tomaba decisiones. Pero al instante ponía todo en duda y se cuestionaba todo lo que emprendía y se preguntaba si tendría algún padecimiento.
–¿Por qué siempre que decís “no puedo” yo siento que estás hablando del destino y no de tu voluntad?
–No sé, Daniel, ya sé que me vas a preguntar esas cosas, me las preguntás todos los días y todos los días te digo lo mismo, no sé, es como si hubiera algo... algo fuera de mí que me lo impide.
A veces hacía cosas con mucha seguridad y al día siguiente se arrepentía de haberlas hecho. A veces les hacía daño a otros, y no tanto por lo que hacía o dejaba de hacer sino por los arrepentimientos del día siguiente, porque tras un día o dos todo lo que pensaba parecía ser diferente a lo que pensaba antes y entonces ni ella misma sentía que se conocía y menos iban a comprenderla o aceptarla los demás.
¿O tal vez no se atrevía? ¿Es que el destino es simplemente la excusa para no ejercitar la voluntad? ¿Una ignorancia calculada? Porque tras toda la complejidad había siempre un plano de calma y sencillez en el cual, en las noches, cuando el mundo entero callaba, ella reposaba angelicalmente: entregar la voluntad o esconderse tras su volubilidad facilitaba muchas cosas, la gente no decía “maldita Alicia”, sino “pobre Alicia”. Y casi siempre la dejaban en paz sin odios ni rencores, incluso, en el mejor de los casos, con cierta ternura.
O bien su vida era una lucha a muerte: ella contra ella. O ellas. O contra, simplemente algo contra algo. Una lucha cruel, a veces, en esas noches en las que el plano de calma se desvanecía como cuando, en un avión que parece quieto entre un mar de nubes uniformes, de pronto desaparecen las nubes y entendemos y percibimos a qué altura viajamos, y que la máquina se mueve y podría caer a pesar de su aparente apacibilidad.
[1995]
asuntos:
amor,
CAZ1995V_VI,
Daniel y Alicia,
estrategias,
voluntad o destino
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