Mostrando entradas con la etiqueta CAZ1997_IV_VI. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta CAZ1997_IV_VI. Mostrar todas las entradas

16.9.09

pase adelante

Pasan carrozas fúnebres
Pasan caballos con policías
Pasan perros y gatos y hormigas
Pasan señores con corbata y maletín
Pasan señoras gordas con niñitos flacos
Pasan motos y camiones y bicicletas
Pasan pericos y aviones y nubes
Pasan relojes y calendarios
Pasan carrozas fúnebres

[1997]

14.9.09

como a un cachorro rosado

Desde hacía años padecía de colitis, había tratado de curarse con todo tipo de remedios alopáticos, homeopáticos y simpáticos, luego quiso aprender a meditar contra el dolor y, al final, resignadamente adaptó su vida a los retortijones e inflamientos; pero llegó a ser sencillamente inaguantable.

–Casi nunca cago –, me dijo un día con la expresión desamparada de quien hubiera perdido a su amado en un accidente de avión. Al decirlo frunció los labios con una ternura y una angustia que a gritos pedían empatía por su desgracia inapelable. Para rematar la escena, prácticamente con lágrimas en los ojos, confesó: –A veces voy por la calle y veo en el suelo la caca de un perro... –hizo una pausa y su gesto expresó la vergüenza de una niñita de tres o cuatro años– y me da envidia–, esto último lo dijo en un murmullo, bajando la vista.

Su ternura era agobiante. Había que abrazarla y acariciarle las sienes y darle besos como a un cachorro rosado.

La abracé, y creo que fue la primera vez que la abrazaba así, sin reticencias ni adulteces acartonadas. ¡Cuánto la comprendía! Los problemas de evacuación son graves, no nos engañemos, es que hacen absurda la cotidianidad más simple, tomar el té con los amigos, reírse en el cine, brincar en el concierto, hacer la siesta dejándose seducir por imágenes lascivas...

Hay complicaciones que no tienen salida. Supongo que no queda más que hincharse y reventar. Las preguntas cuyas respuestas son esenciales para resistir cabalmente la vida no tienen respuesta. De lo que estoy seguro es que nunca volveré a ver de la misma manera una caca de perro.

[1997]

2.9.09

el balcón de Wittgenstein

Estoy en clase. Somos cuatro alumnos. El tema empezó aburrido, pero al rato el profe lo mejora: “la filosofía es una locura que no resuelve nada, con ella no se hace uno más hombre ni más feliz.” Habla de Wittgenstein.

Los ventanales del aula 163 me permiten ver directamente el balcón donde esta ella. Miro al profe, finjo que pongo atención, asiento, sonrío, pienso ligeramente en el Wittgenstein de los Diarios y sé que el profe hace un esfuerzo por hacerlo interesante; más aún, sé que es interesante, me gusta el misticismo del austriaco, sus arrebatos a la vez tan filosóficos y contrafilosóficos, “solo es feliz quien no necesita preguntarse por el sentido de la vida”, o pensar a “dios” como un problema lingüístico, o proponer que nada de lo más importante cabe en palabras, ni siquiera en palabras filosóficas, que más bien terminan por enredarlo todo.

Cada vez que puedo, vuelvo a mirar hacia el balcón y ella sigue ahí y también me mira. Sonrie. Me sonríe.

¿Por qué estoy con otra sin haber intentado siquiera estar con ella? Ahora, también ella está con otro.

Me pregunto cómo es ella; en el amanecer, por ejemplo, recién despierta, ¿gemirá y retozará con pereza o será de esas personas siempre energéticas que se levantan como un resorte súbitamente liberado? ¿Cómo serán sus pausas al hacer el amor? ¿Qué pensará del “sentido de la vida”? ¿Se lo preguntará o será que ya lo vive?

Somos tan pocos en el aula que no puedo divagar a mis anchas sin que el profesor lo advierta; oscilo entre la mirada lógica y diminuta del profe a la mirada fija y abismal de la chica en el balcón, esa mujer con la que he soñado muchas veces, despierto, hasta onanista, como Wittgenstein... Siento que entre el profesor y ella hay una brecha infranqueable, un puente, una escalera prácticamente infinita.

Su rostro perfilado, duro, su cabello tan corto, marrón, casi masculino, y sus pómulos salientes y sus labios gruesos como gajos de mandarina...

El profe hablaba de los diarios filosóficos de Ludwig W. pero ahora vuelve al Tractatus.

Yo solo pienso en cómo subir esta escalera, cómo llegar al final y dejarla ir sin retorno, porque solo dejaría ir una escalera quien estuviera seguro de que ya nunca más la necesitará... ¿No? ¿O se trata más bien de dejarla ir sin contar con ninguna certeza? Al final de la escalera estaría con ella, allí a su lado en el balcón, quizá mirando también, como hace ella ahora, a otros alumnos y a otro profesor o el mismo y sabría, quizá sabría con certeza que todo se trataba de eso: ese momento a su lado...

Pero sé que nunca veremos juntos el amanecer. Hoy, en el balcón, su sonrisa me hace feliz.

[1997]

23.7.09

súbitos hundimientos

Existen diferencias sustanciales entre un encuentro planificado y uno espontáneo. El primero no es, en sentido estricto, un “encuentro”; y aunque estuviese antecedido por una ansiedad desbordante, la ausencia de sorpresa le da un matiz más reposado y aburrido, como el resultado lógico de una programación.

De creerle a los diccionarios, “encontrar” puede ser “dar con alguien o algo” que se busca o que no se busca. Es decir, se encuentra uno con el amigo con quien se citó ayer, pero también se encuentra uno de sopetón en media avenida con la muchacha aquella de cuyo nombre no quisiera uno acordarse... También, pues, es “hallar algo que causa sorpresa”.

¿Y qué hay de las connotaciones militares? Un encuentro -sigo con el diccionario- también es el “choque, por lo general inesperado, de las tropas combatientes con sus enemigos”. Y se dice, por ejemplo, que las posiciones de dos o más personas están “encontradas” cuando no están de acuerdo. Pues eso: que me topo con fulanita en medio de la nada, cuando salgo de la Institución X tras hacer el trámite Y, y voy pensando en burocracias y tonterías y de pronto me encuentro su rostro tan límpido y sonriente como lo recuerdo siempre sin querer recordarlo...

Este, para mí, es el verdadero encuentro: dos criaturas, caminantes de una ruta particular, convergen en un punto que ninguno de ellos planeó compartir. Y, más aún, si arrastran una historia de afectos encontrados y pasiones y excesos y reproches y despechos, el choque es también un tropiezo y uno, aunque el cuerpo siga en pie como si nada, se cae por dentro y se deshace en tormentos.

Uno debiera rebelarse ante esa soberbia del mundo: jugar juegos de azar con pobres seres sentimentales como nosotros. Hay quien lo soporta, claro. Otros nos hacemos baba.

A diferencia de estos encuentros desamorosos, el encuentro amoroso sucede cuando dos desconocidos se juntan por azar en una situación cualquiera y descubren que se atraen mutuamente.

Pues estos encuentros, en general, son válvulas que se abren repentinamente: la peculiaridad de cada uno reside en qué es lo que dejan salir por los sistemas hidráulicos o mecánicos del cuerpo: las boquillas, los ojos, los poros, el ritmo del corazón...

Y algunos también se encuentran y a pesar de sentir la posibilidad de un acercamiento, terminan al instante perdidos para siempre: uno se topa con un ángel en medio de la compra, en el mostrador de los quesos, por ejemplo, y se sonríe con el ángel y el ángel reciproca, pero en media placidez la empleada te pregunta amargamente “¿algo más señor?” Uno, dos, tres segundos, te empiezan a preparar el bocconcini y cuando te volvés a ofrecerle un bocado al ángel, mierda, ya se ha ido.

¿Y, de todos modos, qué le habrías dicho? Quienes rehuimos los encuentros somos por definición cobardes. Tal vez los ángeles lo notan y nos dan la espalda por esa sencilla razón.

Luego hay corrientes que tienden al remolino y amarras que rechinan y súbitos hundimientos. Pero eso ya sucede en la aséptica soledad de tu cocina, entre cebollas y tostadas. El estómago es un vórtice que recibe los encuentros y los devuelve en reflujos o eructos.

A veces, valga decir, nos hemos atrevido. Sin embargo... Por eso mismo el encuentro o tropezón con aquella muchacha cuyo nombre y rostro fingís que no querés recordar te sacudió de arriba abajo saliendo del Registro Nacional y te convirtió la burocracia en un infierno rosa. Sonreímos, nos rozamos los brazos, ¿cómo estás? ¡Qué sorpresa! ¿En qué andás? Y las respuestas abruptas o sosas y los miembros gelatinosos y las miradas, una, la tuya, nerviosa y pánica, y la otra, la suya, serena y firme.

A la mañana siguiente, otros tantos encuentros: mal sabor de boca y la garganta hecha brasa (seis horas de reflujo horizontal no son baladí), y el dolor de cabeza que sublima el dolor de pecho y de vientre, y el deseo incontenible de repetir los rituales que te llevaron a la catástrofe, simplemente porque mientras sucedían no eran catastróficos, y la ilusión del retorno o la duplicación, el impulso a la melancolía, tan instintivo y vulgar.

Te levantás, de todas formas, y vas a la cocina. El refrigerador vacío. El tedio. Pero te vestís y vas al súper. Y de camino encontrás un arrebato de coraje y pensás: seguro que hoy me topo con un ángel. Y entonces prevés lo que le dirías, para que, si sucediera de verdad y te encontraras con uno, el encuentro no fuera ni tuviera que ser nunca más un combate. Pero entonces no sería un encuentro.

Fastidiado, tomás la canastilla de la compra y te obligás a decidir cuál queso vas a llevar.

[1997]