En la soledad, la ternura es imposible. Nadie es tierno consigo mismo. La ternura surge frente a otro; es la manifestación –más: un acto,
algún acto preciso y concreto– del deseo de que el otro sea feliz, o goce, o no sufra, de que esté bien, de aliviarlo, de protegerlo.
Y puede haber ternura sin amor o, más exactamente: el amor no es una condición necesaria para
dar ternura.
La diferencia entre la ternura y el amor es que aquella no entraña relación alguna con la posesión, ese deseo –velado o no– de poseer a otro, de hacerlo propio, de tenerlo para sí, de devorarlo en beneficio del ego.
La ternura ha dejado atrás el ego; es, precisamente, la relación con otro no mediada por el ego, lo “mío” o posiblemente mío.
El ego enamorado cree que el otro es suyo o que
puede serlo. La ternura, paréntesis del poder y del tener, encuentra al otro en un territorio abierto, ilimitado, un territorio sin lugar, sin frontera entre lo mío y lo demás, entre uno y otro.
En la ternura uno se hace otro en el otro. El amor, en cambio, no excluye la posibilidad de tratar al otro como escalón o trampolín, o alfombra o pared o espejo. Por eso el erotismo platónico no conoce la ternura y es, a fin de cuentas, un erotismo egoísta: soy
yo, siempre es
uno quien asciende por una escalera hasta la máxima y más pura belleza, bondad y verdad, el máximo deleite... la iluminación...
En contraposición, un enamorado
tierno quiere para su pareja más que para sí mismo; más aún, reside ya
más allá del querer, o no es él quien quiere para su amado más que para sí mismo, sino que él
mismo ha sido habitado por su amado y
ya no es sí mismo sino
otro en sí.
Algo así descubren Oliver Mellors y Constance Chatterly en sus extravíos amatorios: en sus relaciones lo fundamental no es el erotismo ni el amor, sino la ternura. La ternura excede y transforma el amor. (
Lawrence consideró titular su novela
Tenderness.) No es ni el mero cuerpo ni el mero espíritu, sino la prueba de la imposibilidad de vivir en o con solo uno de ellos. Y por eso mismo la ternura nos
des-humaniza, aunque no para convertirnos en cosas, sino en algo
más que humanos
convencionales: esos organismos tan dados a elegir entre opciones diametrales: el cuerpo o el alma. La ternura no es solo la indecisión, no es solo la postergación de una elección, sino la prueba de que cualquier elección
de ese tipo será ilusoria y nociva.
La ternura es la
diferencia entre el mero juego carnal –siempre insuficiente– y las abstracciones sobreabundantes del amor, sus vislumbres de plenitud, que, al fin, siempre son huidizas y terminan por destruir a los enamorados justamente por hacerles afincar su deseo en una imposibilidad... Es de sobra conocido: los enamorados pierden su razón, deliran, corroen su consciencia, ven a Dios o se suicidan. El amor es una confabulación hacia el exceso. La ternura, en cambio, es una victoria humana tanto sobre sus razones como sus sinrazones; es la más moderada y, por eso, ética de las emociones.
La sexualidad depende de la brevedad de la carne. Alguien dirá que el sexo es entrópico excepto cuando engendra alguna nueva vida. Esto es debatible. Quizá sea siempre una especie de trabajo cuyo resultado gozoso sea siempre, tras el gasto necesario, un
aumento de armonía, es decir, una instancia contraria a la segunda ley de la termodinámica, y quizá simplemente porque el sexo niega el aislamiento de cada cuerpo humano...
Pero la ternura rompe más eficazmente el aislamiento de los organismos. Aun si no engendra nada, la ternura entraña siempre una relación
compleja, ni lineal ni cerrada entre un objeto y otro. Es un artificio, una extraña
técnica natural que confunde el ritmo ciego del universo mismo, que corrompe su legalidad, sus programas, e instaura la posibilidad de la autoorganización según relaciones abiertas, sistemas sin fronteras, tejidos permeables, borradura de identidades, imposibilidad de predicciones dinámicas...
Es la autoorganización de los diferentes.
Martín quiere a Alicia, no hay duda de que la ama. Pero en su amor tiene cabida la ternura: Martín trasciende su propia identidad y querer a Alicia quiere decir
desposeerse gozosamente.
Por otro lado, la relación que Raquel desea con M. es meramente sexual, sin amor ni ternura: Raquel quiere poseer a M. porque al hacerlo imagina que se poseerá a sí misma. Acostarse con M. es un triunfo para su ego. Pero Martín la rechaza y R. no sabe cómo entender el gesto de un hombre que rechaza la posibilidad de acostarse con una mujer sin complicaciones ni consecuencias, solo por el hecho mismo de hacerlo.
Alicia considera a M. como una especie de héroe romántico; inútil, quizá, para ella, pero héroe al fin. Raquel está segura de que M. es más bien impotente, o frígido; o un homosexual reprimido.
¿Y quién es Martín, pues, el héroe de Alicia o el impotente de Raquel? Desde el punto de vista de Martín, él es ambas cosas y ninguna. Es una extraña mezcla de sus miradas y la suya. Es un espejo que confunde en un solo rostro el rostro que ve Martín, el que ve Alicia y el que ve Raquel.
Antes de dormir, en la soledad de su apartamento, Martín se mira al espejo y dice: “Soy un monstruo”.
[1996]