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2.2.10

El desierto del amor

Pasajes de "El desierto del amor", de François Mauriac (1885-1970):

"...habíase acostumbrado desde la adolescencia de su hijo a adivinar sus heridas, que sólo podían ser curadas por un solo ser en el mundo: el autor de ellas."

"¡Ay, hasta qué punto puede una mujer estar ausente frente a un hombre al cual, por otra parte, estima y venera y cuyo trato la enorgullece, pero la aburre!"

"En cuanto estamos solos nos volvemos locos. Sí: nuestro autocontrol sólo actúa cuando se le sostiene con el control que los demás nos imponen."

"Para mí el infinito cabe en algunos minutos, minutos que no significan nada para ella."

"Siempre somos moldeados y vueltos a moldear por aquellos que nos aman y por muy poco tenaces que hayan sido, somos su obra, obra que, por lo demás, ellos no reconocen y que nunca es aquella con la cual han soñado."

[leído ca. 1996]

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14.11.09

ontología de la ternura

En la soledad, la ternura es imposible. Nadie es tierno consigo mismo. La ternura surge frente a otro; es la manifestación –más: un acto, algún acto preciso y concreto– del deseo de que el otro sea feliz, o goce, o no sufra, de que esté bien, de aliviarlo, de protegerlo.

Y puede haber ternura sin amor o, más exactamente: el amor no es una condición necesaria para dar ternura.

La diferencia entre la ternura y el amor es que aquella no entraña relación alguna con la posesión, ese deseo –velado o no– de poseer a otro, de hacerlo propio, de tenerlo para sí, de devorarlo en beneficio del ego.

La ternura ha dejado atrás el ego; es, precisamente, la relación con otro no mediada por el ego, lo “mío” o posiblemente mío.

El ego enamorado cree que el otro es suyo o que puede serlo. La ternura, paréntesis del poder y del tener, encuentra al otro en un territorio abierto, ilimitado, un territorio sin lugar, sin frontera entre lo mío y lo demás, entre uno y otro.

En la ternura uno se hace otro en el otro. El amor, en cambio, no excluye la posibilidad de tratar al otro como escalón o trampolín, o alfombra o pared o espejo. Por eso el erotismo platónico no conoce la ternura y es, a fin de cuentas, un erotismo egoísta: soy yo, siempre es uno quien asciende por una escalera hasta la máxima y más pura belleza, bondad y verdad, el máximo deleite... la iluminación...

En contraposición, un enamorado tierno quiere para su pareja más que para sí mismo; más aún, reside ya más allá del querer, o no es él quien quiere para su amado más que para sí mismo, sino que él mismo ha sido habitado por su amado y ya no es sí mismo sino otro en sí.

Algo así descubren Oliver Mellors y Constance Chatterly en sus extravíos amatorios: en sus relaciones lo fundamental no es el erotismo ni el amor, sino la ternura. La ternura excede y transforma el amor. (Lawrence consideró titular su novela Tenderness.) No es ni el mero cuerpo ni el mero espíritu, sino la prueba de la imposibilidad de vivir en o con solo uno de ellos. Y por eso mismo la ternura nos des-humaniza, aunque no para convertirnos en cosas, sino en algo más que humanos convencionales: esos organismos tan dados a elegir entre opciones diametrales: el cuerpo o el alma. La ternura no es solo la indecisión, no es solo la postergación de una elección, sino la prueba de que cualquier elección de ese tipo será ilusoria y nociva.

La ternura es la diferencia entre el mero juego carnal –siempre insuficiente– y las abstracciones sobreabundantes del amor, sus vislumbres de plenitud, que, al fin, siempre son huidizas y terminan por destruir a los enamorados justamente por hacerles afincar su deseo en una imposibilidad... Es de sobra conocido: los enamorados pierden su razón, deliran, corroen su consciencia, ven a Dios o se suicidan. El amor es una confabulación hacia el exceso. La ternura, en cambio, es una victoria humana tanto sobre sus razones como sus sinrazones; es la más moderada y, por eso, ética de las emociones.

La sexualidad depende de la brevedad de la carne. Alguien dirá que el sexo es entrópico excepto cuando engendra alguna nueva vida. Esto es debatible. Quizá sea siempre una especie de trabajo cuyo resultado gozoso sea siempre, tras el gasto necesario, un aumento de armonía, es decir, una instancia contraria a la segunda ley de la termodinámica, y quizá simplemente porque el sexo niega el aislamiento de cada cuerpo humano...

Pero la ternura rompe más eficazmente el aislamiento de los organismos. Aun si no engendra nada, la ternura entraña siempre una relación compleja, ni lineal ni cerrada entre un objeto y otro. Es un artificio, una extraña técnica natural que confunde el ritmo ciego del universo mismo, que corrompe su legalidad, sus programas, e instaura la posibilidad de la autoorganización según relaciones abiertas, sistemas sin fronteras, tejidos permeables, borradura de identidades, imposibilidad de predicciones dinámicas... Es la autoorganización de los diferentes.

Martín quiere a Alicia, no hay duda de que la ama. Pero en su amor tiene cabida la ternura: Martín trasciende su propia identidad y querer a Alicia quiere decir desposeerse gozosamente.

Por otro lado, la relación que Raquel desea con M. es meramente sexual, sin amor ni ternura: Raquel quiere poseer a M. porque al hacerlo imagina que se poseerá a sí misma. Acostarse con M. es un triunfo para su ego. Pero Martín la rechaza y R. no sabe cómo entender el gesto de un hombre que rechaza la posibilidad de acostarse con una mujer sin complicaciones ni consecuencias, solo por el hecho mismo de hacerlo.

Alicia considera a M. como una especie de héroe romántico; inútil, quizá, para ella, pero héroe al fin. Raquel está segura de que M. es más bien impotente, o frígido; o un homosexual reprimido.

¿Y quién es Martín, pues, el héroe de Alicia o el impotente de Raquel? Desde el punto de vista de Martín, él es ambas cosas y ninguna. Es una extraña mezcla de sus miradas y la suya. Es un espejo que confunde en un solo rostro el rostro que ve Martín, el que ve Alicia y el que ve Raquel.

Antes de dormir, en la soledad de su apartamento, Martín se mira al espejo y dice: “Soy un monstruo”.

[1996]

27.8.09

amor (nota al pie)

Los paisajes compartidos.
Diez mil veces sentados juntos a la mesa.
Los apodos privados. Las voces mimadas.
Caminar en silencio. Mirarse.
Conocerse. Desconocerse. Reconocerse.
Olvidar que somos mortales.
Y recordarlo.


[sin fecha]

14.8.09

más natural que el océano y las galaxias

La primera vez que habló con A. sintió que la conocía desde siempre. Como si se hubieran saltado todo ese tiempo de tanteos y esos procesos de cálculo normales cuando empieza una relación. Ellos empezaron la relación como si ya la tuvieran. Y a Daniel, esto, más que cualquier otra cosa –esas cosas tan comunes: su ojos, sus labios– lo llevó a enloquecer por ella y eventualmente a perderse en ella.

Dos o tres días después de haberse conocido fueron a la playa. D. lo apostó todo, la llamó por teléfono para invitarla, al día siguiente iba con un amigo a pasar el día surfeando. Bueno, su amigo surfeaba, Daniel no, pero siempre que podía lo acompañaba para echarse a hacer nada mientras escuchaba el ronroneo del mar. Pensó que era temerario, agresivo, tras solo dos o tres días de conocerla... ¿Vamos a la playa mañana? Sí. Ni un segundo de indecisión. Sí. Ni siquiera pregunto adónde, a qué hora, cómo. Sí.

Mientras caminaban por la playa –era un día lluvioso, frío y deslucido y para Daniel era el esplendor de la vida–, Alicia lo abrazó con una naturalidad inhumana, una confianza de décadas, una incongruencia bienvenida. La deseaba como no había deseado nunca. Siempre había soñado la posibilidad de una relación sin etiquetas, sin normas previas, tácitas, brutal y limpia: sin cálculos. Y tenía Alicia frente a él que lo veía y le decía sin decirlo precisamente eso y Daniel oponía cierta resistencia: ¿pero esto es cierto? ¿O lo imagino todo?

Era cierto. Ella no estaba interesada en esperar semanas o meses. La espera y los protocolos son ridículos cuando la evidencia es... pues evidente. La confianza no necesitó crecer con los días porque nació crecida y madura. Los dos se entregaron desde el punto de partida, D. dejó ir su resistencia inicial y se sintió dichoso. A veces las cosas comúnmente complejas se hacen simples en un tris.

Se metieron al mar. Las olas eran de dos o tres metros. Daniel no surfeaba, su amigo surfeaba, su amigo estaba en el mar y los miraba, a veces, y ellos lo saludaban y le gritaban cosas pero él no escuchaba nada, para él se trataba de eso, de no escuchar nada, solo el agua creciendo bajo sus piernas como un grito; y Daniel disfrutaba mirándolo pero hoy solo miraba a Alicia.

Se tomaron de la mano y de los brazos y las olas los empujaban y se besaron entre la espuma mientras él la sujetaba porque ella ya no tocaba el suelo, y ella lo abrazó con sus piernas, se sujetó de su cintura para no hundirse en el vaivén y se quedaron un rato así, peleando con las olas y los besos y ella lo abrazaba del cuello con los brazos y de la cintura con las piernas y lo miraba y no parecía sentir ningún temor. Daniel tampoco. El mar solo era un testigo. Era como si ella dijera: “me siento segura con vos”. No lo decía, claro, no decían nada. Y él: “yo también”.

Las olas, la lluvia, el cielo: nada de eso era natural, eran sombras o artificios, imágenes sin peso, humos, aires, sueños de una máquina enferma, ir y venir, ir y venir... En ese nimio paréntesis de lucidez solo su abrazo describía una naturalidad siempre anhelada, sin forma ni concepto pero anhelada, y ahora viva.

Y luego llovió más y Daniel se preguntó cómo esa niña aparentemente ensimismada se las arreglaba para ser más natural que el océano y las galaxias y que sus propios sueños. Nunca había conocido a ninguna persona que fuera tan palmariamente “sí misma”. Que con una mirada dijera: “esto que ves, esto soy yo”.

Pero las historias comienzan a veces por el final. Y las relaciones, al parecer, también: ellos empezaron su relación así, como si la hubieran tenido desde hacía tiempo, pero luego muy lentamente se dedicaron a deshacerla, a desconocerse hasta hacerse extraños, como si algo inaprensible los hubiera obligado a recorrer al revés un camino que al principio no permitía anticipar un final.

[1995]

23.7.09

súbitos hundimientos

Existen diferencias sustanciales entre un encuentro planificado y uno espontáneo. El primero no es, en sentido estricto, un “encuentro”; y aunque estuviese antecedido por una ansiedad desbordante, la ausencia de sorpresa le da un matiz más reposado y aburrido, como el resultado lógico de una programación.

De creerle a los diccionarios, “encontrar” puede ser “dar con alguien o algo” que se busca o que no se busca. Es decir, se encuentra uno con el amigo con quien se citó ayer, pero también se encuentra uno de sopetón en media avenida con la muchacha aquella de cuyo nombre no quisiera uno acordarse... También, pues, es “hallar algo que causa sorpresa”.

¿Y qué hay de las connotaciones militares? Un encuentro -sigo con el diccionario- también es el “choque, por lo general inesperado, de las tropas combatientes con sus enemigos”. Y se dice, por ejemplo, que las posiciones de dos o más personas están “encontradas” cuando no están de acuerdo. Pues eso: que me topo con fulanita en medio de la nada, cuando salgo de la Institución X tras hacer el trámite Y, y voy pensando en burocracias y tonterías y de pronto me encuentro su rostro tan límpido y sonriente como lo recuerdo siempre sin querer recordarlo...

Este, para mí, es el verdadero encuentro: dos criaturas, caminantes de una ruta particular, convergen en un punto que ninguno de ellos planeó compartir. Y, más aún, si arrastran una historia de afectos encontrados y pasiones y excesos y reproches y despechos, el choque es también un tropiezo y uno, aunque el cuerpo siga en pie como si nada, se cae por dentro y se deshace en tormentos.

Uno debiera rebelarse ante esa soberbia del mundo: jugar juegos de azar con pobres seres sentimentales como nosotros. Hay quien lo soporta, claro. Otros nos hacemos baba.

A diferencia de estos encuentros desamorosos, el encuentro amoroso sucede cuando dos desconocidos se juntan por azar en una situación cualquiera y descubren que se atraen mutuamente.

Pues estos encuentros, en general, son válvulas que se abren repentinamente: la peculiaridad de cada uno reside en qué es lo que dejan salir por los sistemas hidráulicos o mecánicos del cuerpo: las boquillas, los ojos, los poros, el ritmo del corazón...

Y algunos también se encuentran y a pesar de sentir la posibilidad de un acercamiento, terminan al instante perdidos para siempre: uno se topa con un ángel en medio de la compra, en el mostrador de los quesos, por ejemplo, y se sonríe con el ángel y el ángel reciproca, pero en media placidez la empleada te pregunta amargamente “¿algo más señor?” Uno, dos, tres segundos, te empiezan a preparar el bocconcini y cuando te volvés a ofrecerle un bocado al ángel, mierda, ya se ha ido.

¿Y, de todos modos, qué le habrías dicho? Quienes rehuimos los encuentros somos por definición cobardes. Tal vez los ángeles lo notan y nos dan la espalda por esa sencilla razón.

Luego hay corrientes que tienden al remolino y amarras que rechinan y súbitos hundimientos. Pero eso ya sucede en la aséptica soledad de tu cocina, entre cebollas y tostadas. El estómago es un vórtice que recibe los encuentros y los devuelve en reflujos o eructos.

A veces, valga decir, nos hemos atrevido. Sin embargo... Por eso mismo el encuentro o tropezón con aquella muchacha cuyo nombre y rostro fingís que no querés recordar te sacudió de arriba abajo saliendo del Registro Nacional y te convirtió la burocracia en un infierno rosa. Sonreímos, nos rozamos los brazos, ¿cómo estás? ¡Qué sorpresa! ¿En qué andás? Y las respuestas abruptas o sosas y los miembros gelatinosos y las miradas, una, la tuya, nerviosa y pánica, y la otra, la suya, serena y firme.

A la mañana siguiente, otros tantos encuentros: mal sabor de boca y la garganta hecha brasa (seis horas de reflujo horizontal no son baladí), y el dolor de cabeza que sublima el dolor de pecho y de vientre, y el deseo incontenible de repetir los rituales que te llevaron a la catástrofe, simplemente porque mientras sucedían no eran catastróficos, y la ilusión del retorno o la duplicación, el impulso a la melancolía, tan instintivo y vulgar.

Te levantás, de todas formas, y vas a la cocina. El refrigerador vacío. El tedio. Pero te vestís y vas al súper. Y de camino encontrás un arrebato de coraje y pensás: seguro que hoy me topo con un ángel. Y entonces prevés lo que le dirías, para que, si sucediera de verdad y te encontraras con uno, el encuentro no fuera ni tuviera que ser nunca más un combate. Pero entonces no sería un encuentro.

Fastidiado, tomás la canastilla de la compra y te obligás a decidir cuál queso vas a llevar.

[1997]

17.7.09

simplemente algo contra algo

–Lo ideal sería amar al mismo tiempo como niño, como joven, como adulto y como viejo. Digo, a la vez y a la misma persona –dijo Daniel–.

Alicia apartó su mirada del rostro de Daniel y la dirigió a ninguna parte: al aire, al cielo.

–Sí –concordó, tras unos momentos–, pero yo no puedo siquiera amar como joven. O no puedo amar del todo –hizo otra pausa, miró al suelo, Daniel no dejaba de mirarla, parecía fijado en el tiempo, como un busto marmóreo, o una mancha en la pared que uno olvidara y recordara a diario al volver a mirarla–. ¿Estaré enferma? Es que no puedo.

Lo que más intrigaba a D. era el verbo, “poder”. Su connotación, cuando lo usaba A., casi siempre venía cargada de predestinación; como si su vida fuera llevada por un misterioso viento o unas manos intangibles que se divirtieran empujándola, como si ella no fuera más que una pluma –o un globo de fiesta manoteado por niños juguetones– que no sabía por qué iba donde iba. Y no es que fuera abúlica. Siempre hacía cosas y tomaba decisiones. Pero al instante ponía todo en duda y se cuestionaba todo lo que emprendía y se preguntaba si tendría algún padecimiento.

–¿Por qué siempre que decís “no puedo” yo siento que estás hablando del destino y no de tu voluntad?

–No sé, Daniel, ya sé que me vas a preguntar esas cosas, me las preguntás todos los días y todos los días te digo lo mismo, no sé, es como si hubiera algo... algo fuera de mí que me lo impide.

A veces hacía cosas con mucha seguridad y al día siguiente se arrepentía de haberlas hecho. A veces les hacía daño a otros, y no tanto por lo que hacía o dejaba de hacer sino por los arrepentimientos del día siguiente, porque tras un día o dos todo lo que pensaba parecía ser diferente a lo que pensaba antes y entonces ni ella misma sentía que se conocía y menos iban a comprenderla o aceptarla los demás.

¿O tal vez no se atrevía? ¿Es que el destino es simplemente la excusa para no ejercitar la voluntad? ¿Una ignorancia calculada? Porque tras toda la complejidad había siempre un plano de calma y sencillez en el cual, en las noches, cuando el mundo entero callaba, ella reposaba angelicalmente: entregar la voluntad o esconderse tras su volubilidad facilitaba muchas cosas, la gente no decía “maldita Alicia”, sino “pobre Alicia”. Y casi siempre la dejaban en paz sin odios ni rencores, incluso, en el mejor de los casos, con cierta ternura.

O bien su vida era una lucha a muerte: ella contra ella. O ellas. O contra, simplemente algo contra algo. Una lucha cruel, a veces, en esas noches en las que el plano de calma se desvanecía como cuando, en un avión que parece quieto entre un mar de nubes uniformes, de pronto desaparecen las nubes y entendemos y percibimos a qué altura viajamos, y que la máquina se mueve y podría caer a pesar de su aparente apacibilidad.

[1995]