8.2.10

decir la verdad

Las únicas personas que acostumbran decir verdaderamente lo que piensan, son quienes no le tienen ningún miedo a la soledad.

(Lo cual, creo, explica lo que el gran pensador Gregory House, M.D., dice constantemente en términos pop: "Everybody lies.")

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2.2.10

El desierto del amor

Pasajes de "El desierto del amor", de François Mauriac (1885-1970):

"...habíase acostumbrado desde la adolescencia de su hijo a adivinar sus heridas, que sólo podían ser curadas por un solo ser en el mundo: el autor de ellas."

"¡Ay, hasta qué punto puede una mujer estar ausente frente a un hombre al cual, por otra parte, estima y venera y cuyo trato la enorgullece, pero la aburre!"

"En cuanto estamos solos nos volvemos locos. Sí: nuestro autocontrol sólo actúa cuando se le sostiene con el control que los demás nos imponen."

"Para mí el infinito cabe en algunos minutos, minutos que no significan nada para ella."

"Siempre somos moldeados y vueltos a moldear por aquellos que nos aman y por muy poco tenaces que hayan sido, somos su obra, obra que, por lo demás, ellos no reconocen y que nunca es aquella con la cual han soñado."

[leído ca. 1996]

>>> Reseña de El desierto del amor <<<
>>> le site litéraire François Mauriac <<<
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10.12.09

Calle Sespejo

Insistió durante tres años. Utilizó todas las estrategias concebibles y nunca dejó de creer que Ingrid algún día llegaría a amarlo como él la amaba.

Antes de la separación definitiva él fue, por turno, paciente, obstinado, generoso, egoísta, estoico, insultante, chantajista, amante frustrado, amigo incondicional, mártir, comprensivo, abusador, hasta finalmente convertirse voluntariamente en cabrón.

En algún momento impreciso Ingrid empezó a salir a menudo con un fulano; según ella solo era su amigo, tenían cosas en común de las que hablaban, pero no era su tipo, decía. Poco a poco, también él llegó a intimar con el fulano fingiendo ante Ingrid una ataráxica ausencia de celos, y empezó a triangular asechanzas e intrigas con el fin de esfumarlo, claro, pero terminó asqueado de sí mismo y los mandó a los dos al diablo, aunque solo para regresar a buscarlos al día siguiente, arrepentido, como si nada, simpaticón y bobalicón, como casi siempre. Repitió esta misma historia unas doce veces pero no sirvió absolutamente de nada: Ingrid, tras soportar sus veleidades y sus ridículos conciliábulos durante esos tres años –por alguna oscura razón que quizá solo ella conocía, o quizá ni siquiera ella– simplemente le comunicó una tarde que exactamente dos semanas después se iría con una beca hacia Japón.

¿Quién diablos va a estudiar a Japón?, se preguntó él.

Ingrid, en efecto, dejó el país en la fecha indicada; pero él consiguió un poco a regañadientes que ella le prometiera que le escribiría constantemente y que lo llamaría y que no se olvidaría de él nunca jamás.

Y evidentemente ella jamás lo llamó, y nosotros sabemos, aunque él no lo sabe, que Ingrid pensó deliberadamente en él por última vez en su vida mientras su avión alzaba vuelo. Nunca más se han encontrado.


Él no se liberó fácilmente de su influjo. Era como si ella lo hubiera poseído y al marcharse hubiera dejado olvidado su espíritu dentro de él. Así se lo explicaba a sí mismo. Una noche escribió en un papel: “Esta mujer se dejó olvidada en mí mismo”. Pensó un poco, puso punto y aparte, y continuó: “No comprendo cómo logra vivir sin su espíritu. Yo lo tengo aquí en mis huesos, en este papel”. Y apretaba los puños y tensaba los músculos del rostro.

Trató de múltiples maneras de extirpar de su cuerpo esa presencia esclavizadora. Acudió a sesiones de acupuntura, aprendió yoga, leyó libros de meditación e hizo dietas orgánicas. Acostumbrado a realizar un esfuerzo similar desde que su presencia era tangible, se preguntó por qué no era más sencillo ahora que su cuerpo estaba ausente. No podía comprenderlo. “Trabaja a distancia, la maldita”. Era como un virus mimetizado en su sangre, en su saliva, en sus neurotransmisores. La solución habría sido penetrarse la piel y la carne hasta encontrar el sitio exacto en el que ella se había escondido. Pero por dónde empezar: ¿por los ojos, que recibieron el gozo de su blancura constelada? ¿Por el fondo indefinible de la nariz, que la olió por dentro y por fuera en todos los pliegues del amor? ¿Por el vientre o la espalda, que recordaban eidéticamente los espasmódicos surcos de sus uñas? Era inútil. Intentó sosegarse repitiéndose una y otra vez que la realidad es más grande por dentro que por fuera y que no tenía sentido seguir intentándolo. Debía consumirse. Y lo hizo: llegó a desgarrarse con las uñas y los dientes sus brazos disminuidos, sus muslos flojos, el cuello, las nalgas caducas a los veinte años. “¡Tiene que estar por aquí en alguna parte!” Su cuerpo, torpe, sólo le devolvía su propia sangre.


Un buen médico y largos meses de pastillitas ayudaron a transformarlo en otra persona. La furia o la angustia o la simple comezón desaparecieron, pero el recuerdo de todos sus momentos compartidos se hizo cada vez más nítido en su mente.

Ahora piensa que quizá su destino sea sentirla rejuvenecer dentro de él mientras él mismo envejece. Como si su propio envejecimiento fuera un combustible para que ella, dentro de él, en su silencio absoluto, aprenda a definir mejor su imagen, su voz, su piel... “Su espíritu se alimentará de mis años, incluso de mi olvido, y cuando la haya olvidado del todo será porque ella ha ocupado mi cuerpo totalmente, ya no sabré ni su nombre pero estaré completamente vacío de mí.” Imaginó que su vida iba a ser larga y solitaria y con un fantasma creciéndole en las entrañas.


Es de madrugada y sale a caminar por las calles vaciadas. Quiere recordarla y olvidarla a la vez y hallar la manera de vencerla definitivamente.

Las calles son espejos. Llovió todo el día y en ellas las luces reflejan un circo vacío o un sinfín de galaxias enloquecidas. Se pierde. Siente que se pierde y sigue caminando. Se topa con un perro escuálido que bebe del caño. Podría haber sido un pastor alemán pero ahora no es nada. El perro lo mira mientras se acerca y se asusta y huye. En las alcantarillas las hojas forman una pasta o un légamo de aspecto desagradable: una especie de barro vivo. Y hay embarcaciones de plástico y de cartón transportando a familias enteras de cucarachas...

Su pequeñísima ciudad, una cría en comparación con el mundo y ya tan llena de vicios de grande y de sueños adolescentes y tan lejos de Japón. Su pequeña ciudad intransitable. Su pequeña ciudad vacía y nocturna. Una ciudad que refleja en sus calles la luz de otros mundos y realidades ajenas. Una ciudad prostituta, traidora, canalla...

Y la calle también refleja los árboles en un vaivén enfermizo y él se pregunta si no sería mejor ser un árbol mecido por el viento que un hombre. Él, por ejemplo, puede moverse, va de aquí allá, se dice libre, camina sin rumbo y si lo deseara podría cubrirse con la lluvia y no abrigarse contra el frío; pero no tiene raíces aferradas a la tierra: de ser árbol, se caería...

Tras caminar unas diez o doce cuadras llega a un parque tan vacío como las calles. En el parque hay senderos de concreto desnudo y bancas de madera y hierro.

Se sienta.

“¿No tengo toda la vida por delante, como dicen?” Podría levantarse y seguir caminando y no regresar jamás a este parque ni a esta ciudad ni a su vida pasada. Podría dejarlo todo, incluso a sí mismo. Podría empezar de cero. Hacerse literalmente otro. “No tengo por qué enloquecer, habrá muchas otras mujeres.” Otro en otro lugar. Y los reflejos en las calles también son estos lugares comunes: puede empezar de nuevo, el tiempo lo cura todo. Pero él piensa que el tiempo lo cambia todo y nada más: la cura nunca es segura.


Empieza, pues, a imaginarse una vida posible. Empieza por oír otras voces que lo llaman, no las reconoce, o cree reconocerlas, desea reconocerlas. Se escucha diciendo nombres nuevos. Después, con cierto esfuerzo, consigue ver otros rostros frente al suyo y sentir que otras manos acarician las suyas. A diferencia de las palmas del demonio fugitivo, estas todavía no tienen definición, no tienen temperatura ni una textura específica; son de una carne ensombrecida, algún color indecidible, son de alguien conocido y desconocido.

Pronto comienza a clarear y los charcos ya no reflejan nada: son residuos de agua sucia. Se esfuerza un poco más y cierra los ojos e imagina que conoce a una mujer llamada Carmen. Es su voz la que escucha y que lo llama, y su rostro y sus ojos los que lo miran y sus manos las que lo acarician. La imagina de cabellera endrina, con largas y desordenadas guedejas. Sus ojos, negrísimos, como de media noche. E imagina que Carmen lo quiere. Ella se lo dice mientras lo mira a los ojos. Están sentados en una banca como esta en un parque que no es este. Carmen empieza a tener rostro. Sus labios se hacen más gruesos. Sus ojos se hacen más negros... Si tan solo supiera por dónde comenzar, dónde hallarla, cómo olvidarse del todo de...


Lentamente comienzan a pasar los autobuses en sus ciclos cotidianos. Por el parque comienzan a transitar obreros y oficinistas y algunos lo miran raro. Su cabeza le pesa tanto que se la sostiene con las manos. Se toca los ojos porque le duelen los ojos. Se toca la barbilla sin rasurar y siente que su papada se convierte en ese mismo instante en una gran gota de agua amarillenta y áspera. Se toca las orejas y descubre una verruga enorme al lado de su oreja derecha. Finalmente amanece. Las calles son otra vez de asfalto. Sabe que debe despertar, volver a la realidad, asumir su vida con responsabilidad –y se dice todo esto a sí mismo, en voz alta o casi–, como si él mismo fuera su propio padre. Vencerá al súcubo. Tiene que levantarse, dar un paso y luego otro. Es así de simple. Y lo hace, consigue ponerse de pie y le sonríe a un jovencito que camina hacia él pero pasa displicentemente a su lado.


Empieza el camino a casa. “Hoy todo será diferente”, piensa.

En la Calle Sespejo gira a la derecha, como siempre, pasa al lado de la panadería alemana, que no ha abierto aún, curiosamente, y recorre muy lentamente el trecho que falta. Se siente extenuado pero avanza lentamente y se detiene por fin frente a su puerta. Busca sus llaves, pero tiene los bolsillos vacíos, o peor, no tiene bolsillos porque lleva puesta su pijama. “¿Qué diablos?” La puerta se abre de golpe y una mujer mayor, elegante y nerviosa, lo recibe con una expresión simultánea de enojo y alivio. Es su madre. Como en un sueño, la escucha decir: “¡Dónde te habías metido, viejo loco, todo el mundo te anda buscando!” Pero su madre murió hace mucho, cómo pudo olvidarlo. Del fondo del salón aparecen dos chiquilines que corren hacia su abuelo con los ojos muy abiertos. Se guindan de sus piernas exhaustas sin decir una palabra. Él les acaricia sus diminutas cabecitas mientras su rostro se desfigura como una tela tensada que soltaran de pronto. La señora lo mira fijamente, su mirada tiene fondo, pero está vacío.

"La realidad es tan poca cosa", piensa él mientras toda entera le cae de pronto a su consciencia como una piedra o un mundo o una vida. En medio del pánico siente un dejo de alegría y consigue hablar: “Nada, Carmencita, no pasa nada, solo salí a caminar un rato.”


[circa 1995]

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14.11.09

ontología de la ternura

En la soledad, la ternura es imposible. Nadie es tierno consigo mismo. La ternura surge frente a otro; es la manifestación –más: un acto, algún acto preciso y concreto– del deseo de que el otro sea feliz, o goce, o no sufra, de que esté bien, de aliviarlo, de protegerlo.

Y puede haber ternura sin amor o, más exactamente: el amor no es una condición necesaria para dar ternura.

La diferencia entre la ternura y el amor es que aquella no entraña relación alguna con la posesión, ese deseo –velado o no– de poseer a otro, de hacerlo propio, de tenerlo para sí, de devorarlo en beneficio del ego.

La ternura ha dejado atrás el ego; es, precisamente, la relación con otro no mediada por el ego, lo “mío” o posiblemente mío.

El ego enamorado cree que el otro es suyo o que puede serlo. La ternura, paréntesis del poder y del tener, encuentra al otro en un territorio abierto, ilimitado, un territorio sin lugar, sin frontera entre lo mío y lo demás, entre uno y otro.

En la ternura uno se hace otro en el otro. El amor, en cambio, no excluye la posibilidad de tratar al otro como escalón o trampolín, o alfombra o pared o espejo. Por eso el erotismo platónico no conoce la ternura y es, a fin de cuentas, un erotismo egoísta: soy yo, siempre es uno quien asciende por una escalera hasta la máxima y más pura belleza, bondad y verdad, el máximo deleite... la iluminación...

En contraposición, un enamorado tierno quiere para su pareja más que para sí mismo; más aún, reside ya más allá del querer, o no es él quien quiere para su amado más que para sí mismo, sino que él mismo ha sido habitado por su amado y ya no es sí mismo sino otro en sí.

Algo así descubren Oliver Mellors y Constance Chatterly en sus extravíos amatorios: en sus relaciones lo fundamental no es el erotismo ni el amor, sino la ternura. La ternura excede y transforma el amor. (Lawrence consideró titular su novela Tenderness.) No es ni el mero cuerpo ni el mero espíritu, sino la prueba de la imposibilidad de vivir en o con solo uno de ellos. Y por eso mismo la ternura nos des-humaniza, aunque no para convertirnos en cosas, sino en algo más que humanos convencionales: esos organismos tan dados a elegir entre opciones diametrales: el cuerpo o el alma. La ternura no es solo la indecisión, no es solo la postergación de una elección, sino la prueba de que cualquier elección de ese tipo será ilusoria y nociva.

La ternura es la diferencia entre el mero juego carnal –siempre insuficiente– y las abstracciones sobreabundantes del amor, sus vislumbres de plenitud, que, al fin, siempre son huidizas y terminan por destruir a los enamorados justamente por hacerles afincar su deseo en una imposibilidad... Es de sobra conocido: los enamorados pierden su razón, deliran, corroen su consciencia, ven a Dios o se suicidan. El amor es una confabulación hacia el exceso. La ternura, en cambio, es una victoria humana tanto sobre sus razones como sus sinrazones; es la más moderada y, por eso, ética de las emociones.

La sexualidad depende de la brevedad de la carne. Alguien dirá que el sexo es entrópico excepto cuando engendra alguna nueva vida. Esto es debatible. Quizá sea siempre una especie de trabajo cuyo resultado gozoso sea siempre, tras el gasto necesario, un aumento de armonía, es decir, una instancia contraria a la segunda ley de la termodinámica, y quizá simplemente porque el sexo niega el aislamiento de cada cuerpo humano...

Pero la ternura rompe más eficazmente el aislamiento de los organismos. Aun si no engendra nada, la ternura entraña siempre una relación compleja, ni lineal ni cerrada entre un objeto y otro. Es un artificio, una extraña técnica natural que confunde el ritmo ciego del universo mismo, que corrompe su legalidad, sus programas, e instaura la posibilidad de la autoorganización según relaciones abiertas, sistemas sin fronteras, tejidos permeables, borradura de identidades, imposibilidad de predicciones dinámicas... Es la autoorganización de los diferentes.

Martín quiere a Alicia, no hay duda de que la ama. Pero en su amor tiene cabida la ternura: Martín trasciende su propia identidad y querer a Alicia quiere decir desposeerse gozosamente.

Por otro lado, la relación que Raquel desea con M. es meramente sexual, sin amor ni ternura: Raquel quiere poseer a M. porque al hacerlo imagina que se poseerá a sí misma. Acostarse con M. es un triunfo para su ego. Pero Martín la rechaza y R. no sabe cómo entender el gesto de un hombre que rechaza la posibilidad de acostarse con una mujer sin complicaciones ni consecuencias, solo por el hecho mismo de hacerlo.

Alicia considera a M. como una especie de héroe romántico; inútil, quizá, para ella, pero héroe al fin. Raquel está segura de que M. es más bien impotente, o frígido; o un homosexual reprimido.

¿Y quién es Martín, pues, el héroe de Alicia o el impotente de Raquel? Desde el punto de vista de Martín, él es ambas cosas y ninguna. Es una extraña mezcla de sus miradas y la suya. Es un espejo que confunde en un solo rostro el rostro que ve Martín, el que ve Alicia y el que ve Raquel.

Antes de dormir, en la soledad de su apartamento, Martín se mira al espejo y dice: “Soy un monstruo”.

[1996]

9.10.09

dos instantes y una reflexión

Calle
Martín se detiene de pronto en mitad de la avenida. Son las cinco cuarenta y cinco de la tarde. En ese instante, a pesar de ser en muchos sentidos idéntico a los miles de personas que están saliendo de sus trabajos con la prisa normal por regresar a sus casas o llegar al bar o al banco antes de que lo cierren, Martín se convierte en un simple objeto, un obstáculo para los demás peatones y para los conductores que empiezan a desesperarse porque hace veinte segundos cambió el semáforo a verde y Martín sigue allí quieto, convertido en maceta o en columna o pared.

¿Qué hace un hombre parado en el centro de una avenida, soportando empujones, insultos, el ruido ensordecedor de las bocinas y los motores y los gritos, oponiéndose ridículamente al flujo natural del tiempo?

Súbitamente Martín reanuda su camino como si nada hubiese ocurrido. Mientras camina, cada vez más rápido, sus labios dibujan lentamente un gesto: la insinuación de una sonrisa o quizá el preámbulo de alguna locura. Los autos siguen su curso y las personas corren y el ruido es el mismo de siempre, todo se mueve al unísono en una danza incomprensible y eficaz. Martín desaparece entre el gentío.


Habitación
Mientras escribo estas líneas, Martín está en el cuarto contiguo. Sospecho que me mira a través de una rendija. Seguramente se pregunta qué mentiras estoy diciendo ahora.

–Martín, digo que me estás mirando.


Reflexión
¿Cómo definiría a Martín? Si solo pudiese elegir una palabra, ¿cuál sería?

Martín es un lector.

Cuando lee, sus ojos enmascaran el texto, que generalmente se somete dócilmente. El texto sabe que cada lector lee otro texto en el mismo texto; lo que no sabe es que las máscaras de Martín son tan minuciosas que amenazan con ocultar para siempre el texto ante sí mismo...

Se plantea una pregunta similar al respecto de Alicia. Siempre le pareció voluble, como si arrastrara una infinidad de rostros y ánimos que a Martín primero le fascinaba y luego... Le daba envidia, tal vez... O tal vez no era realmente caprichosa sino tan solo un reflejo del propio Martín, que desde entonces se esforzaba, aunque sin asumirlo claramente, por ver a diario las mismas cosas con otros ojos.

[Tus máscaras no tienen agujeros para que podás ver, Martín, más bien son los lentes que te cubren los ojos.]

Casi está convencido de esta posibilidad. Recuerda que su tía XYZ, con quien se crió después de la muerte abrupta de sus padres cuando tenía 7 años, se lo decía a menudo, acaso sin entender ella misma sus implicaciones: “Martín, qué te pasa hoy, estás muy raro...”

Y hoy fue mañana y luego ya había sido ayer.

A los veinte también murió su tía XYZ y Martín quedó solo en el mundo; aquí “solo” quiere decir “sin familia de sangre”.

¿Es que todas las personas actúan de una forma cuando están con ciertas personas, pero de otra forma cuando están con otras personas?

Martín lo cree. Y cree que la mayoría de personas no se da cuenta de este fenómeno prácticamente “natural” y finge, más bien, tener una identidad infranqueable, firme, fija en el tiempo a pesar de que el tiempo no para nunca, ni los cambios que entraña el tiempo.

Ese fingimiento, es cierto, permite que la vida sea posible socialmente; pero entonces la sociedad se basa en el autoengaño individual y sostenido de todos sus miembros.

¿La realidad de las colectividades emerge de un conjunto de actores patológicos que ni siquiera son capaces de saber que actúan a diario tratando de acomodarse a los contextos, de satisfacer a fulano o a mengano o a sí mismos, dependiendo del ánimo del día?

Martín no es feliz con estos pensamientos; pero asume que el pensamiento no es el arte de ser feliz sino de sobrellevar la incertidumbre intrínseca que vino con su advenimiento al mundo. El advenimiento del tipo humano, nosotros, “nosotros”.

Si alguna entidad extraña al mundo le preguntara, por ejemplo, a Alicia, cómo es Martín, Alicia muy probablemente diría que Martín es un ángel, que a la vez es tierno y apasionado; que es inteligente y viril.

Y si la misma entidad extraña al mundo le preguntara, por ejemplo, a Raquel, ella diría que Martín es más bien alelado, reprimido sexualmente, tímido, casi pusilánime.

Cuando Martín estuvo en una relación con Alicia, antes, mucho antes de que ella formalizara su interminable pero ocasional reciprocidad con Daniel, y de que Martín empezar sus recientes “rondas nocturnas”, él fue ciertamente cariñoso con ella, siempre, a diario, y también era ardoroso en su intimidad. Alicia se había prendido de él. Martín también de ella y la pasaban bien, como una pareja promedio de adolescentes tardíos, veinteañeros.

Pero también es cierto que Martín conoció a Raquel en una época en la que vivía decaído, enfermizo e inseguro. Quiso estar con ella por dos razones: 1) cuando la conoció le pareció muy guapa; y 2) creía que tenía que estar con alguien para salir del bajonazo emocional en el que estaba. Las dos cosas resultaron falsas. La primera era más o menos una ilusión relacionada con la segunda: vista con cuidado y tomando en consideración los factores menos visibles, pero no invisibles (esos que solo se ven al acercarse realmente a otro...), Raquel no llegaba siquiera a guapa, sin el “muy”. Y justo en el momento en que ella decidió que quería acostarse con Martín, él decidió que no quería acostarse con ella; pero no se lo dijo, claro, no fuera a pensar que era poco hombre. Pero tampoco lo hizo, por lo cual ella pensó precisamente lo que él no quería que pensara.

La entidad ajena al mundo sabría que tanto Alicia como Raquel dicen la verdad y que no hay contradicción. Martín también lo sabe. Pero ni Alicia ni Raquel ni nadie más podría comprenderlo de esa manera, sencillamente porque las personas acostumbran juzgar a las otras personas según la imagen que en algún momento construyeron de ellas –como si fuesen seres detenidos en el tiempo, bustos en un museo, tal vez carcomidos y añejados, pero siempre los mismos– y extrapolan alguna característica, de la cual tienen conocimiento de primera mano, a su “identidad” total.

Como Martín fue cariñoso y viril con Alicia, ella afirma con convicción que Martín es cariñoso y viril. Como él, en cambio, fue temeroso e indeciso con Raquel, ella afirma sin vacilación que Martín es medio tonto y reprimido. Martín sabe que él no es ni una cosa ni la otra, pero que al mismo es las dos cosas a la vez y muchas otras.

La diferencia de Martín con otras personas es que disfruta pensando en estos entresijos y turbulencias y darles rienda suelta. Por eso ahora anda abocado a experimentar con más versiones de sí mismo. Quiere investigar si hay un límite. Quiere encontrarse de pronto con alguien de quien pueda decir, sin lugar a dudas, este, este soy yo, este se mantiene constante a través de todas mis versiones.

O bien: este seré yo.

Por supuesto, ya ha anticipado que esa disyuntiva lo confunde todo, pues una cosa es encontrarse con sí mismo como con alguien que ya hubiéramos cargado desde siempre, una especie de amigo secreto que nos hubiese habitado sin saberlo, fiel e incógnito... Y otra cosa muy distinta es que no existiese semejante “amigo” y solo pudiese habitar el mundo la persona o personalidad que uno (pero ¿quién?, entonces) fuese construyendo con el paso tambaleante de los días y las cosas.

O bien uno es algo que nació siéndolo, o uno es algo que se forma a partir de todas las relaciones que vamos tejiendo a lo largo de la vida. ¿O es que somos, cada uno, las dos cosas, una extraña mezcla de destino y voluntad?

Algo es seguro: últimamente Martín no se esfuerza por mantener constante la identidad que los otros esperan de él. Ya no vive en función de los demás, ya no necesita que los demás formen e informen y reformen a diario su identidad, que lo sostengan en la existencia, refrescando ante sí mismo su rostro, sus costumbres, sus ideas y sus opiniones.

Ahora, si él piensa un día tal cosa, la dice, a pesar de saber que contradice lo que pensaba ayer. Sus amigos se extrañan, empiezan a criticarlo y a distanciarse de él. Martín empieza a pensar que si uno quiere la lealtad incondicional de la gente, primero uno debe ser incondicionalmente uno consigo mismo, pues de otro modo la gente huirá, presa de la confusión, como si por delante no tuvieran a su amigo de siempre sino a un extraño, y peor aún: a un extraño diferente todos los días.

Curiosamente, en su nueva soledad, Martín ha descubierto que si él es “fiel” a sí mismo y mantiene a diario una identidad fija, una personalidad identificable, los otros, sus amigos, lo querrán y estarán a su lado; pero que, en cambio, si él es “infiel” a sí mismo, es decir, a su identidad, y cambia según sus impulsos y sus días, los otros, sus amigos, lo abandonarán.

En realidad, en el primer caso Martín estaría siendo fiel a sus amigos, pero no a sí mismo (ser fiel a sí mismo entrañaría seguirse a sí mismo, es decir, seguir sus intuiciones a pesar de que impliquen cambios tajantes en sus opiniones o preferencias). En el segundo caso, al ser infiel a sus amigos, estaría siendo fiel a sí mismo. Martín se pregunta si es que todos deben elegir entre uno mismo y los demás.

Por ahora, Martín solo tiene preguntas, y la vida por delante.

Martín, decía, es un lector, y al meterse en cada libro se viste consecuentemente con la historia que lee, se juega la piel y actúa su papel, se esfuerza por creerlo todo, para ver qué pasa. A veces cambia su mirada y su modo de hablar. A veces se aburre. A veces llora. ¡Martín es un actor! Y Martín se pregunta si no lo seremos todos...

Es tan tarde que casi amanece. Afuera ya cantan los pericos y al fondo se empieza a oír el runrún motorizado de la ciudad. Martín ha leído durante toda la noche. Cierra el libro, se quita lentamente los anteojos, apaga la luz y decide soñar que un día será él quien hará los libros en lugar de simplemente padecerlos.

[1996]

29.9.09

su rostro en mis manos

La gran pasión de la literatura es el “suicidio”: autoaniquilarse. Su única imposibilidad es consumarlo. Pero hay cierto éxtasis en lo inútil, orgasmos o pleonasmos...

El suicidio significa: dejar de significar: toparse con la realidad misma y confundirse con ella. Dar con la última palabra y experimentar su explosión o su implosión o su conversión a la nada, su des-significación en la cosa. Etc...

Y tras tanto tiempo de hundimiento o autodestrucción me descubro, sin embargo, hoy, feliz. “Feliz”. El solo hecho de usar esa palabra ya entraña un evento o un suceso inconmensurable.

Con este ya van varios días de esta sensación iletrada o iletrante, cierta vocación a la intrascendencia, un abismo nuevo, la absurdidad de volver repetidamente a lo mismo, a buscar oraciones precisas, a idear nombres o personas o cosas, historias, ¡historias!

He dejado de escribir y supongo que ha de ser por esa “felicidad” que me ha atacado como un depredador que saltara de pronto de la maleza y me apresara y paralizara, pero solo para obligarme a ver y pensar en algo más... ¿algo más que en mí mismo? ¿Algo más que en la inutilidad de las palabras, su morbosa invitación al onanismo?

Lo más significativo es que no me ha importado en lo más mínimo: jamás renunciaría a tener su rostro en mis manos por volver a este papel empalidecido y monótono.

Estos desiertos blancos no tienen labios ni vida; pueden indicarnos algunos caminos, orientar la marcha, señalar, eso es cierto; pero en algún momento hay que detenerse y decir aquí es, no más, no más.

Aquí, por ejemplo, sostenido por su mirada.

[1997]

23.9.09

trillos

Los años avanzan dejando trillos de hojarasca.
A veces me devuelvo y solo hay silencio y crujidos.


[sin fecha]

20.9.09

quiere oír su voz y sus necedades

Daniel se detiene de pronto, como paralizado por una revelación o un fantasma y fija los ojos en cualquier parte, en el aire, y dice:

–La ciudad entera se desvanecería si te entregaras a mí por completo.

Alicia no entiende, intenta no encogerse de hombros y mira fastidiada hacia un lado. No tiene idea qué significa para Daniel “entregarse por completo”. Alicia piensa y sabe que D. es inteligente, lector, etc., pero esas inclinaciones sensibleras en las que cae a veces empiezan a hacerse significativas. Al principio le daban gracia, o la tentaban a la ternura, una ternura desconocida para ella; pero ahora parecen convertirse en una exigencia y la gracia empieza a transmutarse en drama. Alicia odia los dramas. Se lo pregunta, de todos modos, y Daniel responde:

–Entregarse por completo es hacer precisamente que la ciudad entera desaparezca. Es darle la mano a alguien y caminar por la ciudad, como estamos haciendo ahora, aquí, en medio de una avenida cualquiera o un parque o lo que sea y que de pronto todo desaparezca, la calle, los carros, las demás personas. Y seguir caminando.

Alicia no responde. Daniel la mira, esperando una respuesta, y sonríe con una expresión algo tonta, indecisa. Daniel no insiste y siguen caminando.

Pero otra parte de Alicia prácticamente depende de Daniel, y ella lo sabe aunque le cueste aceptarlo o comprenderlo. No lo deja porque no puede o cree que no puede. A pesar de que a veces la detesta, ella necesita esa ternura que le ofrece Daniel. A veces también se detesta a sí misma por necesitarla o por no poder aceptarse a sí misma como una persona a quien la hicieran feliz ese tipo de muestras de afecto.

Y ese constante sentirse fuera de lugar. Como si Daniel fuera un paréntesis entre ella misma y ella misma. Y al mismo tiempo sentir que lo quiere. Necesitarlo. Pensar que es un necio, no pensar en él, y llamarlo porque quiere oír su voz y sus necedades.

Siguen caminando en silencio, tomados de la mano. Alicia se cansa y retira la mano y finge buscar algo en su bolso. Luego siente frío y ella misma le devuelve la mano.

Solo una araña sabría soltarse de su propia tela.

[1995]

16.9.09

pase adelante

Pasan carrozas fúnebres
Pasan caballos con policías
Pasan perros y gatos y hormigas
Pasan señores con corbata y maletín
Pasan señoras gordas con niñitos flacos
Pasan motos y camiones y bicicletas
Pasan pericos y aviones y nubes
Pasan relojes y calendarios
Pasan carrozas fúnebres

[1997]

14.9.09

como a un cachorro rosado

Desde hacía años padecía de colitis, había tratado de curarse con todo tipo de remedios alopáticos, homeopáticos y simpáticos, luego quiso aprender a meditar contra el dolor y, al final, resignadamente adaptó su vida a los retortijones e inflamientos; pero llegó a ser sencillamente inaguantable.

–Casi nunca cago –, me dijo un día con la expresión desamparada de quien hubiera perdido a su amado en un accidente de avión. Al decirlo frunció los labios con una ternura y una angustia que a gritos pedían empatía por su desgracia inapelable. Para rematar la escena, prácticamente con lágrimas en los ojos, confesó: –A veces voy por la calle y veo en el suelo la caca de un perro... –hizo una pausa y su gesto expresó la vergüenza de una niñita de tres o cuatro años– y me da envidia–, esto último lo dijo en un murmullo, bajando la vista.

Su ternura era agobiante. Había que abrazarla y acariciarle las sienes y darle besos como a un cachorro rosado.

La abracé, y creo que fue la primera vez que la abrazaba así, sin reticencias ni adulteces acartonadas. ¡Cuánto la comprendía! Los problemas de evacuación son graves, no nos engañemos, es que hacen absurda la cotidianidad más simple, tomar el té con los amigos, reírse en el cine, brincar en el concierto, hacer la siesta dejándose seducir por imágenes lascivas...

Hay complicaciones que no tienen salida. Supongo que no queda más que hincharse y reventar. Las preguntas cuyas respuestas son esenciales para resistir cabalmente la vida no tienen respuesta. De lo que estoy seguro es que nunca volveré a ver de la misma manera una caca de perro.

[1997]