9.10.09

dos instantes y una reflexión

Calle
Martín se detiene de pronto en mitad de la avenida. Son las cinco cuarenta y cinco de la tarde. En ese instante, a pesar de ser en muchos sentidos idéntico a los miles de personas que están saliendo de sus trabajos con la prisa normal por regresar a sus casas o llegar al bar o al banco antes de que lo cierren, Martín se convierte en un simple objeto, un obstáculo para los demás peatones y para los conductores que empiezan a desesperarse porque hace veinte segundos cambió el semáforo a verde y Martín sigue allí quieto, convertido en maceta o en columna o pared.

¿Qué hace un hombre parado en el centro de una avenida, soportando empujones, insultos, el ruido ensordecedor de las bocinas y los motores y los gritos, oponiéndose ridículamente al flujo natural del tiempo?

Súbitamente Martín reanuda su camino como si nada hubiese ocurrido. Mientras camina, cada vez más rápido, sus labios dibujan lentamente un gesto: la insinuación de una sonrisa o quizá el preámbulo de alguna locura. Los autos siguen su curso y las personas corren y el ruido es el mismo de siempre, todo se mueve al unísono en una danza incomprensible y eficaz. Martín desaparece entre el gentío.


Habitación
Mientras escribo estas líneas, Martín está en el cuarto contiguo. Sospecho que me mira a través de una rendija. Seguramente se pregunta qué mentiras estoy diciendo ahora.

–Martín, digo que me estás mirando.


Reflexión
¿Cómo definiría a Martín? Si solo pudiese elegir una palabra, ¿cuál sería?

Martín es un lector.

Cuando lee, sus ojos enmascaran el texto, que generalmente se somete dócilmente. El texto sabe que cada lector lee otro texto en el mismo texto; lo que no sabe es que las máscaras de Martín son tan minuciosas que amenazan con ocultar para siempre el texto ante sí mismo...

Se plantea una pregunta similar al respecto de Alicia. Siempre le pareció voluble, como si arrastrara una infinidad de rostros y ánimos que a Martín primero le fascinaba y luego... Le daba envidia, tal vez... O tal vez no era realmente caprichosa sino tan solo un reflejo del propio Martín, que desde entonces se esforzaba, aunque sin asumirlo claramente, por ver a diario las mismas cosas con otros ojos.

[Tus máscaras no tienen agujeros para que podás ver, Martín, más bien son los lentes que te cubren los ojos.]

Casi está convencido de esta posibilidad. Recuerda que su tía XYZ, con quien se crió después de la muerte abrupta de sus padres cuando tenía 7 años, se lo decía a menudo, acaso sin entender ella misma sus implicaciones: “Martín, qué te pasa hoy, estás muy raro...”

Y hoy fue mañana y luego ya había sido ayer.

A los veinte también murió su tía XYZ y Martín quedó solo en el mundo; aquí “solo” quiere decir “sin familia de sangre”.

¿Es que todas las personas actúan de una forma cuando están con ciertas personas, pero de otra forma cuando están con otras personas?

Martín lo cree. Y cree que la mayoría de personas no se da cuenta de este fenómeno prácticamente “natural” y finge, más bien, tener una identidad infranqueable, firme, fija en el tiempo a pesar de que el tiempo no para nunca, ni los cambios que entraña el tiempo.

Ese fingimiento, es cierto, permite que la vida sea posible socialmente; pero entonces la sociedad se basa en el autoengaño individual y sostenido de todos sus miembros.

¿La realidad de las colectividades emerge de un conjunto de actores patológicos que ni siquiera son capaces de saber que actúan a diario tratando de acomodarse a los contextos, de satisfacer a fulano o a mengano o a sí mismos, dependiendo del ánimo del día?

Martín no es feliz con estos pensamientos; pero asume que el pensamiento no es el arte de ser feliz sino de sobrellevar la incertidumbre intrínseca que vino con su advenimiento al mundo. El advenimiento del tipo humano, nosotros, “nosotros”.

Si alguna entidad extraña al mundo le preguntara, por ejemplo, a Alicia, cómo es Martín, Alicia muy probablemente diría que Martín es un ángel, que a la vez es tierno y apasionado; que es inteligente y viril.

Y si la misma entidad extraña al mundo le preguntara, por ejemplo, a Raquel, ella diría que Martín es más bien alelado, reprimido sexualmente, tímido, casi pusilánime.

Cuando Martín estuvo en una relación con Alicia, antes, mucho antes de que ella formalizara su interminable pero ocasional reciprocidad con Daniel, y de que Martín empezar sus recientes “rondas nocturnas”, él fue ciertamente cariñoso con ella, siempre, a diario, y también era ardoroso en su intimidad. Alicia se había prendido de él. Martín también de ella y la pasaban bien, como una pareja promedio de adolescentes tardíos, veinteañeros.

Pero también es cierto que Martín conoció a Raquel en una época en la que vivía decaído, enfermizo e inseguro. Quiso estar con ella por dos razones: 1) cuando la conoció le pareció muy guapa; y 2) creía que tenía que estar con alguien para salir del bajonazo emocional en el que estaba. Las dos cosas resultaron falsas. La primera era más o menos una ilusión relacionada con la segunda: vista con cuidado y tomando en consideración los factores menos visibles, pero no invisibles (esos que solo se ven al acercarse realmente a otro...), Raquel no llegaba siquiera a guapa, sin el “muy”. Y justo en el momento en que ella decidió que quería acostarse con Martín, él decidió que no quería acostarse con ella; pero no se lo dijo, claro, no fuera a pensar que era poco hombre. Pero tampoco lo hizo, por lo cual ella pensó precisamente lo que él no quería que pensara.

La entidad ajena al mundo sabría que tanto Alicia como Raquel dicen la verdad y que no hay contradicción. Martín también lo sabe. Pero ni Alicia ni Raquel ni nadie más podría comprenderlo de esa manera, sencillamente porque las personas acostumbran juzgar a las otras personas según la imagen que en algún momento construyeron de ellas –como si fuesen seres detenidos en el tiempo, bustos en un museo, tal vez carcomidos y añejados, pero siempre los mismos– y extrapolan alguna característica, de la cual tienen conocimiento de primera mano, a su “identidad” total.

Como Martín fue cariñoso y viril con Alicia, ella afirma con convicción que Martín es cariñoso y viril. Como él, en cambio, fue temeroso e indeciso con Raquel, ella afirma sin vacilación que Martín es medio tonto y reprimido. Martín sabe que él no es ni una cosa ni la otra, pero que al mismo es las dos cosas a la vez y muchas otras.

La diferencia de Martín con otras personas es que disfruta pensando en estos entresijos y turbulencias y darles rienda suelta. Por eso ahora anda abocado a experimentar con más versiones de sí mismo. Quiere investigar si hay un límite. Quiere encontrarse de pronto con alguien de quien pueda decir, sin lugar a dudas, este, este soy yo, este se mantiene constante a través de todas mis versiones.

O bien: este seré yo.

Por supuesto, ya ha anticipado que esa disyuntiva lo confunde todo, pues una cosa es encontrarse con sí mismo como con alguien que ya hubiéramos cargado desde siempre, una especie de amigo secreto que nos hubiese habitado sin saberlo, fiel e incógnito... Y otra cosa muy distinta es que no existiese semejante “amigo” y solo pudiese habitar el mundo la persona o personalidad que uno (pero ¿quién?, entonces) fuese construyendo con el paso tambaleante de los días y las cosas.

O bien uno es algo que nació siéndolo, o uno es algo que se forma a partir de todas las relaciones que vamos tejiendo a lo largo de la vida. ¿O es que somos, cada uno, las dos cosas, una extraña mezcla de destino y voluntad?

Algo es seguro: últimamente Martín no se esfuerza por mantener constante la identidad que los otros esperan de él. Ya no vive en función de los demás, ya no necesita que los demás formen e informen y reformen a diario su identidad, que lo sostengan en la existencia, refrescando ante sí mismo su rostro, sus costumbres, sus ideas y sus opiniones.

Ahora, si él piensa un día tal cosa, la dice, a pesar de saber que contradice lo que pensaba ayer. Sus amigos se extrañan, empiezan a criticarlo y a distanciarse de él. Martín empieza a pensar que si uno quiere la lealtad incondicional de la gente, primero uno debe ser incondicionalmente uno consigo mismo, pues de otro modo la gente huirá, presa de la confusión, como si por delante no tuvieran a su amigo de siempre sino a un extraño, y peor aún: a un extraño diferente todos los días.

Curiosamente, en su nueva soledad, Martín ha descubierto que si él es “fiel” a sí mismo y mantiene a diario una identidad fija, una personalidad identificable, los otros, sus amigos, lo querrán y estarán a su lado; pero que, en cambio, si él es “infiel” a sí mismo, es decir, a su identidad, y cambia según sus impulsos y sus días, los otros, sus amigos, lo abandonarán.

En realidad, en el primer caso Martín estaría siendo fiel a sus amigos, pero no a sí mismo (ser fiel a sí mismo entrañaría seguirse a sí mismo, es decir, seguir sus intuiciones a pesar de que impliquen cambios tajantes en sus opiniones o preferencias). En el segundo caso, al ser infiel a sus amigos, estaría siendo fiel a sí mismo. Martín se pregunta si es que todos deben elegir entre uno mismo y los demás.

Por ahora, Martín solo tiene preguntas, y la vida por delante.

Martín, decía, es un lector, y al meterse en cada libro se viste consecuentemente con la historia que lee, se juega la piel y actúa su papel, se esfuerza por creerlo todo, para ver qué pasa. A veces cambia su mirada y su modo de hablar. A veces se aburre. A veces llora. ¡Martín es un actor! Y Martín se pregunta si no lo seremos todos...

Es tan tarde que casi amanece. Afuera ya cantan los pericos y al fondo se empieza a oír el runrún motorizado de la ciudad. Martín ha leído durante toda la noche. Cierra el libro, se quita lentamente los anteojos, apaga la luz y decide soñar que un día será él quien hará los libros en lugar de simplemente padecerlos.

[1996]

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