10.12.09

Calle Sespejo

Insistió durante tres años. Utilizó todas las estrategias concebibles y nunca dejó de creer que Ingrid algún día llegaría a amarlo como él la amaba.

Antes de la separación definitiva él fue, por turno, paciente, obstinado, generoso, egoísta, estoico, insultante, chantajista, amante frustrado, amigo incondicional, mártir, comprensivo, abusador, hasta finalmente convertirse voluntariamente en cabrón.

En algún momento impreciso Ingrid empezó a salir a menudo con un fulano; según ella solo era su amigo, tenían cosas en común de las que hablaban, pero no era su tipo, decía. Poco a poco, también él llegó a intimar con el fulano fingiendo ante Ingrid una ataráxica ausencia de celos, y empezó a triangular asechanzas e intrigas con el fin de esfumarlo, claro, pero terminó asqueado de sí mismo y los mandó a los dos al diablo, aunque solo para regresar a buscarlos al día siguiente, arrepentido, como si nada, simpaticón y bobalicón, como casi siempre. Repitió esta misma historia unas doce veces pero no sirvió absolutamente de nada: Ingrid, tras soportar sus veleidades y sus ridículos conciliábulos durante esos tres años –por alguna oscura razón que quizá solo ella conocía, o quizá ni siquiera ella– simplemente le comunicó una tarde que exactamente dos semanas después se iría con una beca hacia Japón.

¿Quién diablos va a estudiar a Japón?, se preguntó él.

Ingrid, en efecto, dejó el país en la fecha indicada; pero él consiguió un poco a regañadientes que ella le prometiera que le escribiría constantemente y que lo llamaría y que no se olvidaría de él nunca jamás.

Y evidentemente ella jamás lo llamó, y nosotros sabemos, aunque él no lo sabe, que Ingrid pensó deliberadamente en él por última vez en su vida mientras su avión alzaba vuelo. Nunca más se han encontrado.


Él no se liberó fácilmente de su influjo. Era como si ella lo hubiera poseído y al marcharse hubiera dejado olvidado su espíritu dentro de él. Así se lo explicaba a sí mismo. Una noche escribió en un papel: “Esta mujer se dejó olvidada en mí mismo”. Pensó un poco, puso punto y aparte, y continuó: “No comprendo cómo logra vivir sin su espíritu. Yo lo tengo aquí en mis huesos, en este papel”. Y apretaba los puños y tensaba los músculos del rostro.

Trató de múltiples maneras de extirpar de su cuerpo esa presencia esclavizadora. Acudió a sesiones de acupuntura, aprendió yoga, leyó libros de meditación e hizo dietas orgánicas. Acostumbrado a realizar un esfuerzo similar desde que su presencia era tangible, se preguntó por qué no era más sencillo ahora que su cuerpo estaba ausente. No podía comprenderlo. “Trabaja a distancia, la maldita”. Era como un virus mimetizado en su sangre, en su saliva, en sus neurotransmisores. La solución habría sido penetrarse la piel y la carne hasta encontrar el sitio exacto en el que ella se había escondido. Pero por dónde empezar: ¿por los ojos, que recibieron el gozo de su blancura constelada? ¿Por el fondo indefinible de la nariz, que la olió por dentro y por fuera en todos los pliegues del amor? ¿Por el vientre o la espalda, que recordaban eidéticamente los espasmódicos surcos de sus uñas? Era inútil. Intentó sosegarse repitiéndose una y otra vez que la realidad es más grande por dentro que por fuera y que no tenía sentido seguir intentándolo. Debía consumirse. Y lo hizo: llegó a desgarrarse con las uñas y los dientes sus brazos disminuidos, sus muslos flojos, el cuello, las nalgas caducas a los veinte años. “¡Tiene que estar por aquí en alguna parte!” Su cuerpo, torpe, sólo le devolvía su propia sangre.


Un buen médico y largos meses de pastillitas ayudaron a transformarlo en otra persona. La furia o la angustia o la simple comezón desaparecieron, pero el recuerdo de todos sus momentos compartidos se hizo cada vez más nítido en su mente.

Ahora piensa que quizá su destino sea sentirla rejuvenecer dentro de él mientras él mismo envejece. Como si su propio envejecimiento fuera un combustible para que ella, dentro de él, en su silencio absoluto, aprenda a definir mejor su imagen, su voz, su piel... “Su espíritu se alimentará de mis años, incluso de mi olvido, y cuando la haya olvidado del todo será porque ella ha ocupado mi cuerpo totalmente, ya no sabré ni su nombre pero estaré completamente vacío de mí.” Imaginó que su vida iba a ser larga y solitaria y con un fantasma creciéndole en las entrañas.


Es de madrugada y sale a caminar por las calles vaciadas. Quiere recordarla y olvidarla a la vez y hallar la manera de vencerla definitivamente.

Las calles son espejos. Llovió todo el día y en ellas las luces reflejan un circo vacío o un sinfín de galaxias enloquecidas. Se pierde. Siente que se pierde y sigue caminando. Se topa con un perro escuálido que bebe del caño. Podría haber sido un pastor alemán pero ahora no es nada. El perro lo mira mientras se acerca y se asusta y huye. En las alcantarillas las hojas forman una pasta o un légamo de aspecto desagradable: una especie de barro vivo. Y hay embarcaciones de plástico y de cartón transportando a familias enteras de cucarachas...

Su pequeñísima ciudad, una cría en comparación con el mundo y ya tan llena de vicios de grande y de sueños adolescentes y tan lejos de Japón. Su pequeña ciudad intransitable. Su pequeña ciudad vacía y nocturna. Una ciudad que refleja en sus calles la luz de otros mundos y realidades ajenas. Una ciudad prostituta, traidora, canalla...

Y la calle también refleja los árboles en un vaivén enfermizo y él se pregunta si no sería mejor ser un árbol mecido por el viento que un hombre. Él, por ejemplo, puede moverse, va de aquí allá, se dice libre, camina sin rumbo y si lo deseara podría cubrirse con la lluvia y no abrigarse contra el frío; pero no tiene raíces aferradas a la tierra: de ser árbol, se caería...

Tras caminar unas diez o doce cuadras llega a un parque tan vacío como las calles. En el parque hay senderos de concreto desnudo y bancas de madera y hierro.

Se sienta.

“¿No tengo toda la vida por delante, como dicen?” Podría levantarse y seguir caminando y no regresar jamás a este parque ni a esta ciudad ni a su vida pasada. Podría dejarlo todo, incluso a sí mismo. Podría empezar de cero. Hacerse literalmente otro. “No tengo por qué enloquecer, habrá muchas otras mujeres.” Otro en otro lugar. Y los reflejos en las calles también son estos lugares comunes: puede empezar de nuevo, el tiempo lo cura todo. Pero él piensa que el tiempo lo cambia todo y nada más: la cura nunca es segura.


Empieza, pues, a imaginarse una vida posible. Empieza por oír otras voces que lo llaman, no las reconoce, o cree reconocerlas, desea reconocerlas. Se escucha diciendo nombres nuevos. Después, con cierto esfuerzo, consigue ver otros rostros frente al suyo y sentir que otras manos acarician las suyas. A diferencia de las palmas del demonio fugitivo, estas todavía no tienen definición, no tienen temperatura ni una textura específica; son de una carne ensombrecida, algún color indecidible, son de alguien conocido y desconocido.

Pronto comienza a clarear y los charcos ya no reflejan nada: son residuos de agua sucia. Se esfuerza un poco más y cierra los ojos e imagina que conoce a una mujer llamada Carmen. Es su voz la que escucha y que lo llama, y su rostro y sus ojos los que lo miran y sus manos las que lo acarician. La imagina de cabellera endrina, con largas y desordenadas guedejas. Sus ojos, negrísimos, como de media noche. E imagina que Carmen lo quiere. Ella se lo dice mientras lo mira a los ojos. Están sentados en una banca como esta en un parque que no es este. Carmen empieza a tener rostro. Sus labios se hacen más gruesos. Sus ojos se hacen más negros... Si tan solo supiera por dónde comenzar, dónde hallarla, cómo olvidarse del todo de...


Lentamente comienzan a pasar los autobuses en sus ciclos cotidianos. Por el parque comienzan a transitar obreros y oficinistas y algunos lo miran raro. Su cabeza le pesa tanto que se la sostiene con las manos. Se toca los ojos porque le duelen los ojos. Se toca la barbilla sin rasurar y siente que su papada se convierte en ese mismo instante en una gran gota de agua amarillenta y áspera. Se toca las orejas y descubre una verruga enorme al lado de su oreja derecha. Finalmente amanece. Las calles son otra vez de asfalto. Sabe que debe despertar, volver a la realidad, asumir su vida con responsabilidad –y se dice todo esto a sí mismo, en voz alta o casi–, como si él mismo fuera su propio padre. Vencerá al súcubo. Tiene que levantarse, dar un paso y luego otro. Es así de simple. Y lo hace, consigue ponerse de pie y le sonríe a un jovencito que camina hacia él pero pasa displicentemente a su lado.


Empieza el camino a casa. “Hoy todo será diferente”, piensa.

En la Calle Sespejo gira a la derecha, como siempre, pasa al lado de la panadería alemana, que no ha abierto aún, curiosamente, y recorre muy lentamente el trecho que falta. Se siente extenuado pero avanza lentamente y se detiene por fin frente a su puerta. Busca sus llaves, pero tiene los bolsillos vacíos, o peor, no tiene bolsillos porque lleva puesta su pijama. “¿Qué diablos?” La puerta se abre de golpe y una mujer mayor, elegante y nerviosa, lo recibe con una expresión simultánea de enojo y alivio. Es su madre. Como en un sueño, la escucha decir: “¡Dónde te habías metido, viejo loco, todo el mundo te anda buscando!” Pero su madre murió hace mucho, cómo pudo olvidarlo. Del fondo del salón aparecen dos chiquilines que corren hacia su abuelo con los ojos muy abiertos. Se guindan de sus piernas exhaustas sin decir una palabra. Él les acaricia sus diminutas cabecitas mientras su rostro se desfigura como una tela tensada que soltaran de pronto. La señora lo mira fijamente, su mirada tiene fondo, pero está vacío.

"La realidad es tan poca cosa", piensa él mientras toda entera le cae de pronto a su consciencia como una piedra o un mundo o una vida. En medio del pánico siente un dejo de alegría y consigue hablar: “Nada, Carmencita, no pasa nada, solo salí a caminar un rato.”


[circa 1995]

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